Si hay un país mágico, extraordinario por mil detalles y matices, ese es Brasil. Y si hay una ciudad que sobresale por encima de las demás, sin saber muy bien cómo, esa es Rio de Janeiro. Es una ciudad que, de analizarla con frialdad, quizás no soportaría la comparación con otras tantos parajes a lo largo y ancho del mundo; pero hay algo en Rio, algo que no puede explicarse que enamora, que la convierte en esa ciudad a la que uno siempre quiere volver. Una ciudad que te abraza, que te asombra, que te enfada y que no puede dejarte indiferente. Yo me enamoré de Rio de Janeiro la primera vez que fui, y así también le sucedió al escritor Jorge Díaz, el autor del magnífico “Los números del elefante”. Él se enamoró de Rio, se quedó a vivir allí y nos ha regalado una novela que es, al tiempo, crónica de su pasión de una ciudad que ha ido viendo crecer en las hemerotecas, y crónica de un desastre anunciado: Rio estaba llamada a ser capital de muchas disputas, de muchos encuentros, de la historia más reciente de Brasil, que es decirlo de todo el mundo; pero se ha quedado en una ciudad de playas en las que uno no se puede bañar, en la única ciudad del mundo en que la parte más alta, la destinada en principio a los habitantes más adinerados, está tomada por las favelas. Rio de Janeiro es la ciudad de los contrastes, una ciudad sin centro, donde las sonrisas se multiplican en las esquinas y siempre hay tiempo para bailar. Nunca para preocuparse. Y mucho de lo que allí viví, mucho de lo que sentimos los que vamos y pasamos una temporada en Rio, aunque sólo sean dos semanas, lo he sentido reflejado en esta novela, en los comentarios de sus protagonistas, en ese saber mirar al mañana por encima del hombro de las posibilidades. Todo era posible en Brasil. Todo era posible bajo el gobierno de Juscelino, hasta construir una capital en el corazón de la selva. Y ahí está Brasilia como símbolo de este paraíso perdido.
Lo que me admira del libro de Jorge Díaz es la capacidad que tiene para sintetizar, a partir de la aventuresca vida de unos emigrantes gallegos, la historia de Brasil, de Rio, que es también la historia de cómo es posible cómo estos pueblos tan ricos vivan siempre en el umbral de la pobreza. Y lo hace con la mirada certera de sus protagonistas, que se dejan llevar por la marejada del dinero, y del juego se pasa a las drogas. Y todo es un negocio. Todo se puede comprar y se puede vender. Todo tiene su precio. Desde la amistad hasta la traición. No nos engañemos. “Los números del elefante” está ambientada en Rio de Janeiro, esa ciudad que recibía a los emigrantes que, en su mayoría, tenía que malvivir, que se abrían paso en las perezas y en las desdichas gracias a la amistad de otros emigrantes, que de dormir a una plaza pública se pasa a hacerlo en una pensión compartiendo cuarto con cuantos es posible meter allí, y de esta situación, en el mejor de los casos, a una casa particular, a ese sueño de ser propietario de algo en esta tierra que no es de nadie. Pero ambientada en esta época, se nos relata las peripecias de Bernardo, de sus pasiones, amistades, amigos, amantes, suertes y enemigos. Un Bernardo que, poco a poco, se nos va haciendo de carne y hueso, a medida que creemos que le vamos conociendo. Un Bernardo que se deja llevar por la pasión amorosa y por los compromisos sociales y las amistades calculadas. Un Bernardo al que le toca estar en una guerra de mafias y que siente el vértigo de una vida que ya no es la suya, que hace mucho tiempo que dejó de ser la suya. Y así, “Los números del elefante”, que hace alusión al “bicho”, al juego con el que comienzan muchos a pedirle cuentas a la suerte, es una gran novela de personajes, de pasiones, de traiciones y amistades; una novela organizada por la pasión que en Bernardo despierta la política, justo lo contrario de lo que le sucede a sus compañeros, tanto españoles como brasileños. Una novela escrita con una gran maestría, que nos coloca al final de cada capítulo la guinda que sólo se encontrará en el siguiente; una novela que se devora porque los personajes hacen historia y la historia se convierte en sus páginas en parte de la ficción. Y paseamos con Bernardo por sus calles, y con él nos adentramos en el mundo desconocido tanto de las favelas como de las discotecas de moda, de los salones más refinados de Rio de Janeiro. Una novela que se disfruta, que apasiona. Una novela en que, al final, el pequeño mundo del hombre, de un gallego llamado Bernardo, se convierte en la mejor imagen del fracaso brasileño.
lunes, 24 de agosto de 2009
Los viajes
Me lanzo al viaje sin ningún tipo de ayuda. Sin ninguna preparación. Viajes que se convierten en una aventura por lo que tienen de nuevo, de extraordinario, de invención y de hallazgo. El viaje como un descubrimiento. El descubrir al otro, la historia, la cultura, el arte, sus costumbres, pero también, el viaje como un descubrimiento personal, como un ir abriendo los canales de nuestro cuerpo, de nuestro memoria a medida que vamos devorando kilómetros. Y de los viajes uno siempre trae las maletas cargadas de experiencias –no siempre buenas-, y de aromas, y de colores y de sonrisas y de pequeños gestos que nunca recogen las fotografías, que siempre se quedan en las esquinas de los videos domésticos. Esos detalles que no se pueden compartir y que hacen que cada viaje sea la pieza única de un puzzle, que sólo tienen sentido cuando se comparten con las personas que lo vivieron, con los que fuimos uno a lo largo y ancho de miles de kilómetros de distancia. Y ahí están en el tiempo. En nuestro tiempo. Los viajes que se van mezclando, y sólo gracias a las fotos, al relato continuo de las anécdotas podemos precisar que tal cala estaba en una isla determinada, que tal edificio había sido el descubrimiento en una única ciudad… porque los viajes tienden a convertirse en el viaje. De la misma manera que nosotros tendemos a ser uno mismo por más que se empeñen los demás en mostrarnos a cada momento mil reflejos diferentes. ¡Si fuéramos todo aquello que los demás dicen o piensan de nosotros! En ocasiones les mantenemos en su error porque nos gusta la imagen que nos lanzan de nosotros mismos, mucho más generosa, mucho más tierna o perfecta de la que nosotros intuimos; otras veces, en cambio, nos empeñamos en “limpiar” nuestra imagen de esas ignominias, de esos detalles, de esos comentarios que distorsionan nuestro reflejo ante los demás. Pero no sucede lo mismo con los viajes. No hay nadie cerca para defenderlos –tan solo la memoria inmortalizada de las fotografías o de los vídeos-; y así el viaje que realizamos puede ser un viaje muy distinto según la persona a la que se lo contamos, según el momento, según el estado alerta o no de nuestros recuerdos. Y el viaje es eso: no sólo vivir sino también re-vivirlo cada vez que lo recordamos, cada vez que lo contamos. Un viaje sólo termina cuando tenemos a alguien delante para contarlo, para compartirlo.
Vuelvo de Florencia. Hacía más de quince años que no volvía a pasear por su Palazzo della Signoria, por el Duomo, por Piazza della Reppublica, o por el Arno, el Ponte Vecchio… muchos años, pero no importa. Florencia se ha quedado congelada en su historia, en esa que por segundos fotografiamos los miles de turistas que inundamos sus calles. Y no importa. Florencia es mucha Florencia. No importa ver cómo hacen colar para sorprenderse con el David de Miguel Ángel en la Accademia, o las manadas de turistas detrás de un paraguas. No importa. Pasear por Florencia. Dejarse perder por sus calles, por sus callejuelas, por esos escondrijos en que te sorprende la historia en cada esquina. Me levanto por la mañana y desde la ventana del hotel veo el Arno. Uno de los ríos con más historia. Uno de los ríos regados por más sangre genial. Y desde la cama dejo que los minutos pasen mientras veo cómo el Arno se deja llevar por las primeras horas de sol. Un nuevo día de caminatas, de fotografías, de subir al campanile del Duomo, a admirarse con esta ciudad que está por encima de los adjetivos.
Y me preparo para irme a Ibiza. No vuelvo desde hace treinta y nueve años. Allí nací, pero no he vuelto a pisar ni su tierra, ni sus playas, ni su mar. Ahora ha llegado el momento para el encuentro. Un viaje a la nostalgia de una tierra en la que nunca he vivido. Una tierra que sólo conozco de los relatos de otros, de los viajes de otros, de las pasiones de otros. Ibiza es de esos territorios míticos, en los que uno parece que siempre ha estado. Un lugar de casa. Un lugar cotidiano, que se ha llenado de imágenes: primero la de los hippies, luego la de las discotecas y fiestas, y ahora con la tranquilidad del chill out… una isla y un viaje al que, como siempre, me enfrento sin preparación. Tan solo unas fotos antiguas, los recuerdos de mi madre y un hotel en el centro… una aventura que, en este caso, me lleva a los territorios siempre mágicos de la infancia.
Vuelvo de Florencia. Hacía más de quince años que no volvía a pasear por su Palazzo della Signoria, por el Duomo, por Piazza della Reppublica, o por el Arno, el Ponte Vecchio… muchos años, pero no importa. Florencia se ha quedado congelada en su historia, en esa que por segundos fotografiamos los miles de turistas que inundamos sus calles. Y no importa. Florencia es mucha Florencia. No importa ver cómo hacen colar para sorprenderse con el David de Miguel Ángel en la Accademia, o las manadas de turistas detrás de un paraguas. No importa. Pasear por Florencia. Dejarse perder por sus calles, por sus callejuelas, por esos escondrijos en que te sorprende la historia en cada esquina. Me levanto por la mañana y desde la ventana del hotel veo el Arno. Uno de los ríos con más historia. Uno de los ríos regados por más sangre genial. Y desde la cama dejo que los minutos pasen mientras veo cómo el Arno se deja llevar por las primeras horas de sol. Un nuevo día de caminatas, de fotografías, de subir al campanile del Duomo, a admirarse con esta ciudad que está por encima de los adjetivos.
Y me preparo para irme a Ibiza. No vuelvo desde hace treinta y nueve años. Allí nací, pero no he vuelto a pisar ni su tierra, ni sus playas, ni su mar. Ahora ha llegado el momento para el encuentro. Un viaje a la nostalgia de una tierra en la que nunca he vivido. Una tierra que sólo conozco de los relatos de otros, de los viajes de otros, de las pasiones de otros. Ibiza es de esos territorios míticos, en los que uno parece que siempre ha estado. Un lugar de casa. Un lugar cotidiano, que se ha llenado de imágenes: primero la de los hippies, luego la de las discotecas y fiestas, y ahora con la tranquilidad del chill out… una isla y un viaje al que, como siempre, me enfrento sin preparación. Tan solo unas fotos antiguas, los recuerdos de mi madre y un hotel en el centro… una aventura que, en este caso, me lleva a los territorios siempre mágicos de la infancia.
Ibiza
Ibiza es de esas islas, de esas geografías que uno ve y recuerda más por los mitos que por la realidad que representa. Uno de esos espacios en que el mito consigue descubrirte imágenes inéditas. Así sucede con espacios míticos como Nueva York, con ese Manhattan que siempre parece haber salido de la pantalla de los cines. O las pirámides de Egipto, que uno nunca puede imaginarse el bullicio ciudadano que se extiende más allá de los límites de las fotografías y de los carteles publicitarios: el bullicio de la ciudad, y el de los puestos callejeros, y el de los camellos o las tiendas de venta de papiros pintados. Así le sucede a Ibiza, una isla que ofrece mucho más que la imagen de macrodiscotecas que se sigue potenciando… y llenando cada noche. Porque lo cierto es que Ibiza es isla que vive en verano, que se agita al son bullicioso de los turistas, que ahora llegan desde los puntos más recónditos gracias a las compañías áreas de bajo coste. El cielo de Ibiza, con la muralla de su ciudad vieja, está a todas horas llenos de aviones, aviones que traen la esperanza a la isla; aviones que se la llevan con la misma rapidez, con la misma disponibilidad. Y así hay tantas Ibizas como almas llegan, como deseos se entregan a sus calles, a sus tiendas.
La Ibiza de la libertad, la Ibiza que se convirtió en un oasis de libertad desde los primeros años del siglo XX; esa isla en la que todo estaba permitido, que enamoraba a los escritores, a los artistas que veían en sus abundantes calas el lugar para dejarse llevar por sus gustos, por su naturaleza, por sus deseos sin tener que dar explicación a nadie, sin tener la obligación de dar ningún tipo de explicaciones. Es la isla que encantó a Camus, Tzara, Cioran, María Teresa León o Alberti… la isla que recibió en mayo de 1933 al recién nombrado Comandante General de Baleares, el joven general Francisco Franco. De esta isla queda poco si uno va en busca de parajes vírgenes, de lugares recónditos, inexplorados, de caminos en que uno tiene la sensación de ser un descubridor, un aventurero. Hasta las calas más pequeñas, a las que hay que llegar después del martirio de un camino de cabras polvoriento te ofrecen sus hamacas y sombrillas, el chiringito con los últimos adelantos… pero la libertad se encuentra impregnada en el corazón de la isla, en su polvo, en sus playas, en su arena, en sus pinares, en sus algarrobos, en su mar; ese saberse libre de hacer lo que uno quiere siempre que no moleste a los demás. Y en la playa, en las calas se alternan los bañadores con los nudistas, los cuerpos en las hamacas con los que tiran su toallas o sus pareos en busca de algo de sol. Nadie pide explicaciones. Nadie se sonroja. Nadie mira hacia otro lado. Hay una tolerancia que viene de muy antiguo, de los primeros años del siglo XX. Uno de los recuerdos que tiene marcados mi madre durante los años que estuvo viviendo en Ibiza era ver cómo por la misma calle, quizás por el Bulevar Vara de Rey podían estar cruzándose una ibicenca anciana, con su típico traje negro, su pañuelo negro a la cabeza, con su cesta, al lado de una mujer joven –normalmente extranjera- con su minifalda, con sus escandalosos escotes, con sus imponentes pamelas. Y ninguna de las dos se paraba ni un segundo a mirarse… así fue entonces y así lo sigue siendo también hoy en día.
Y de aquel mito, de esa isla de libertad en la que se convirtió Ibiza durante los años de la dictadura franquista, se han ido superponiendo otros mitos: el de la isla en la que las fiestas no tenían fin (varios días de fiestas continuas, desde Pachá a Matinée)… macrodiscotecas que todo lo ofrecían y en donde era posible encontrar de todo. Jóvenes que, después de pasarse una semana en Ibiza, debían irse a otro lugar para descansar, para recuperar fuerzas. Hace años una ordenanza municipal ha comenzado a limitar las fiestas y sus horarios. Y frente a este mito de la música que taladra los oídos, de estas fiestas donde la algarabía constituye su razón de ser, la otra Ibiza. La Ibiza de la música chill out, de ver anochecer en las playas y calas que dan a la parte occidental, con el famoso Café del Mar como nuevo lugar de peregrinaje… pero no hace falta estar en el Café del mar para disfrutar de ese espectáculo único de ver cómo el sol se va perdiendo por el horizonte del mal, dejando a su rastro una paleta fascinante de colores.
Todas estas son Ibiza. Y muchas más. Porque Ibiza no es sólo un lugar geográfico, no es sólo una de esas islas maravillosas de nuestro Mediterráneo. Ibiza es también una parte de nosotros, es un mito en que nos encontramos buscando a los otros, queriendo que los otros nos sorprendan, nos dejen sin palabras.
La Ibiza de la libertad, la Ibiza que se convirtió en un oasis de libertad desde los primeros años del siglo XX; esa isla en la que todo estaba permitido, que enamoraba a los escritores, a los artistas que veían en sus abundantes calas el lugar para dejarse llevar por sus gustos, por su naturaleza, por sus deseos sin tener que dar explicación a nadie, sin tener la obligación de dar ningún tipo de explicaciones. Es la isla que encantó a Camus, Tzara, Cioran, María Teresa León o Alberti… la isla que recibió en mayo de 1933 al recién nombrado Comandante General de Baleares, el joven general Francisco Franco. De esta isla queda poco si uno va en busca de parajes vírgenes, de lugares recónditos, inexplorados, de caminos en que uno tiene la sensación de ser un descubridor, un aventurero. Hasta las calas más pequeñas, a las que hay que llegar después del martirio de un camino de cabras polvoriento te ofrecen sus hamacas y sombrillas, el chiringito con los últimos adelantos… pero la libertad se encuentra impregnada en el corazón de la isla, en su polvo, en sus playas, en su arena, en sus pinares, en sus algarrobos, en su mar; ese saberse libre de hacer lo que uno quiere siempre que no moleste a los demás. Y en la playa, en las calas se alternan los bañadores con los nudistas, los cuerpos en las hamacas con los que tiran su toallas o sus pareos en busca de algo de sol. Nadie pide explicaciones. Nadie se sonroja. Nadie mira hacia otro lado. Hay una tolerancia que viene de muy antiguo, de los primeros años del siglo XX. Uno de los recuerdos que tiene marcados mi madre durante los años que estuvo viviendo en Ibiza era ver cómo por la misma calle, quizás por el Bulevar Vara de Rey podían estar cruzándose una ibicenca anciana, con su típico traje negro, su pañuelo negro a la cabeza, con su cesta, al lado de una mujer joven –normalmente extranjera- con su minifalda, con sus escandalosos escotes, con sus imponentes pamelas. Y ninguna de las dos se paraba ni un segundo a mirarse… así fue entonces y así lo sigue siendo también hoy en día.
Y de aquel mito, de esa isla de libertad en la que se convirtió Ibiza durante los años de la dictadura franquista, se han ido superponiendo otros mitos: el de la isla en la que las fiestas no tenían fin (varios días de fiestas continuas, desde Pachá a Matinée)… macrodiscotecas que todo lo ofrecían y en donde era posible encontrar de todo. Jóvenes que, después de pasarse una semana en Ibiza, debían irse a otro lugar para descansar, para recuperar fuerzas. Hace años una ordenanza municipal ha comenzado a limitar las fiestas y sus horarios. Y frente a este mito de la música que taladra los oídos, de estas fiestas donde la algarabía constituye su razón de ser, la otra Ibiza. La Ibiza de la música chill out, de ver anochecer en las playas y calas que dan a la parte occidental, con el famoso Café del Mar como nuevo lugar de peregrinaje… pero no hace falta estar en el Café del mar para disfrutar de ese espectáculo único de ver cómo el sol se va perdiendo por el horizonte del mal, dejando a su rastro una paleta fascinante de colores.
Todas estas son Ibiza. Y muchas más. Porque Ibiza no es sólo un lugar geográfico, no es sólo una de esas islas maravillosas de nuestro Mediterráneo. Ibiza es también una parte de nosotros, es un mito en que nos encontramos buscando a los otros, queriendo que los otros nos sorprendan, nos dejen sin palabras.
Almagro
Hace calor. Como todos los años. Como es de esperar en estas fechas en que se empeñan en romper las temperaturas. Siempre ha sido así. Y así esperemos que siga siendo. Hace calor. Un calor que sólo en la sombra, en los soportales, o los patios manchegos parece que da una tregua. Y es que nos hemos acostumbrado demasiado pronto al aire acondicionado y nos lamentamos de los rigores del clima, sin acordarnos que no hace mucho el calor era el mismo y más caseros los remedios para mitigarlo: el abanico, ese reorganizar el día para huir de los momentos más calurosos, esas casas de muros interminables, y los patios, los maravillosos patios, con su parra, con sus flores, con el agua corriendo. A la tarde, un manguerazo y el suelo expulsaba los últimos calores del día para ser el espacio propicio para recibir la noche. Y así sucede en Almagro. En Castilla.
Da comienzo el Festival de teatro clásico en Almagro, un festival que, año a año, va sumando excelencia al público, al éxito de una propuesta que le ha concedido una doble vida a esta ciudad manchega, que se llena durante todo el verano. Está hermosa la plaza de Almagro, que no por conocida deja de sorprender. El verde de sus ventanales, renovado cada año, el blanco de sus paredes, hacen de esta ciudad un pequeño escenario donde todo es posible. Y es que en Almagro uno tiene la sensación de que el teatro se respira antes que verse. Da lo mismo la obra que vaya a disfrutarse sea un estreno (cada vez, menos, dadas las dificultades económicas) o se haya representado ya en otros escenarios, en otras ciudades. En Almagro siempre uno tiene la sensación de que es la primera vez, la única que se va a representar. Un momento mágico. La obra no comienza cuando desde los altavoces se anuncia la necesidad de apagar los teléfonos móviles y la prohibición de grabar alguna imagen, sino cuando uno baja del coche, cuando lo deja a las afueras de la ciudad y se adentra por sus calles. Son ya cuatro años los que el rito se repite, gracias a la generosidad de una amiga que tiene casa en Moral de Calatrava. Un grupo de amigos nos reunimos allí el viernes, disfrutamos de su patio manchego, de ese que es capaz de rescatar sombras en la tarde calurosa de julio, y de allí, después de las cervezas, el queso y las conversaciones, nos dirigimos en comitiva a Almagro. Muchas veces sabemos poco de la obra que vamos a ver, aunque este año hemos conseguido entradas para el Corral, para ver el “Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo”, la versión que la compañía Micomicón ha montado sobre el texto de Lope de Vega, estrenada hace unas semanas en Alcalá de Henares. Pero no importa la obra: el teatro clásico es la excusa para el encuentro, para la diversión, para mantener el rito de los últimos tiempos. Y el Corral se abre y se llena de vida, como todos los años, por estas fechas. El bullicio de sus orígenes se ha cambiado por el respeto casi religioso del presente. Casi nos da vergüenza aplaudir, aunque todos tenemos las manos calientes y propicias para el reconocimiento. Y ha sido todo un acierto, ya que las sillas del Corral no da para mucho más que la hora y media escasa que dura la función.
“El arte nuevo de hacer comedias en este tiempo” es uno de esos textos que marcan un hito en nuestra literatura, en la forma de entender la literatura, el teatro en este caso. Pero un hito cultural antes que literario. Pasar los versos de Lope a las tablas era un reto. Uno de esos retos que todo dramaturgo, toda compañía debe aceptar con entusiasmo y con respeto. Y lo cierto es que la compañía Micomicón lo ha conseguido con todo éxito. Los versos de Lope, que se mantienen en su integridad, se van llenando de glosas dramáticas que lo explican, que lo hacen visibles. Y eso que esa pequeña historia del teatro en que Lope quiere insertarse del inicio parece echar atrás al más avezado lector, al más curioso espectador… pero el texto de Lope de llena de cuerpo en las voces y los gestos de los seis actores que le dan vida en el espectáculo. Lástima que se haya preferido por apoyarse en muchos casos en la música y la voz (no son dos de las facultades más sobresalientes de los actores) y no en pequeños fragmentos dramáticos, en que la obra adquiere todo su esplendor, como el delirante de los sordos… Noche de teatro en Almagro, dentro y fuera del Corral de Comedias. Y que siga siendo por muchos años. Como el calor de julio en el corazón de La Mancha.
Da comienzo el Festival de teatro clásico en Almagro, un festival que, año a año, va sumando excelencia al público, al éxito de una propuesta que le ha concedido una doble vida a esta ciudad manchega, que se llena durante todo el verano. Está hermosa la plaza de Almagro, que no por conocida deja de sorprender. El verde de sus ventanales, renovado cada año, el blanco de sus paredes, hacen de esta ciudad un pequeño escenario donde todo es posible. Y es que en Almagro uno tiene la sensación de que el teatro se respira antes que verse. Da lo mismo la obra que vaya a disfrutarse sea un estreno (cada vez, menos, dadas las dificultades económicas) o se haya representado ya en otros escenarios, en otras ciudades. En Almagro siempre uno tiene la sensación de que es la primera vez, la única que se va a representar. Un momento mágico. La obra no comienza cuando desde los altavoces se anuncia la necesidad de apagar los teléfonos móviles y la prohibición de grabar alguna imagen, sino cuando uno baja del coche, cuando lo deja a las afueras de la ciudad y se adentra por sus calles. Son ya cuatro años los que el rito se repite, gracias a la generosidad de una amiga que tiene casa en Moral de Calatrava. Un grupo de amigos nos reunimos allí el viernes, disfrutamos de su patio manchego, de ese que es capaz de rescatar sombras en la tarde calurosa de julio, y de allí, después de las cervezas, el queso y las conversaciones, nos dirigimos en comitiva a Almagro. Muchas veces sabemos poco de la obra que vamos a ver, aunque este año hemos conseguido entradas para el Corral, para ver el “Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo”, la versión que la compañía Micomicón ha montado sobre el texto de Lope de Vega, estrenada hace unas semanas en Alcalá de Henares. Pero no importa la obra: el teatro clásico es la excusa para el encuentro, para la diversión, para mantener el rito de los últimos tiempos. Y el Corral se abre y se llena de vida, como todos los años, por estas fechas. El bullicio de sus orígenes se ha cambiado por el respeto casi religioso del presente. Casi nos da vergüenza aplaudir, aunque todos tenemos las manos calientes y propicias para el reconocimiento. Y ha sido todo un acierto, ya que las sillas del Corral no da para mucho más que la hora y media escasa que dura la función.
“El arte nuevo de hacer comedias en este tiempo” es uno de esos textos que marcan un hito en nuestra literatura, en la forma de entender la literatura, el teatro en este caso. Pero un hito cultural antes que literario. Pasar los versos de Lope a las tablas era un reto. Uno de esos retos que todo dramaturgo, toda compañía debe aceptar con entusiasmo y con respeto. Y lo cierto es que la compañía Micomicón lo ha conseguido con todo éxito. Los versos de Lope, que se mantienen en su integridad, se van llenando de glosas dramáticas que lo explican, que lo hacen visibles. Y eso que esa pequeña historia del teatro en que Lope quiere insertarse del inicio parece echar atrás al más avezado lector, al más curioso espectador… pero el texto de Lope de llena de cuerpo en las voces y los gestos de los seis actores que le dan vida en el espectáculo. Lástima que se haya preferido por apoyarse en muchos casos en la música y la voz (no son dos de las facultades más sobresalientes de los actores) y no en pequeños fragmentos dramáticos, en que la obra adquiere todo su esplendor, como el delirante de los sordos… Noche de teatro en Almagro, dentro y fuera del Corral de Comedias. Y que siga siendo por muchos años. Como el calor de julio en el corazón de La Mancha.
Un hombre sencillo
La pasada semana se estrenó en Madrid la última obra de teatro de Javier García-Mauriño. Director de cortos (alguno de ellos galardonado en el Festival de Alcalá de Henares), guionista de algunas películas (El elegido, 1985; Siete mil días juntos, 1995; Tercera vida, 2000 o Energía positiva, 2007), fue galardonado con el prestigioso premio teatral Lope de Vega en 1994 con la obra Picospardo’s. La última obra de Javier García-Mauriño lleva por título “Un hombre sencillo”, un monólogo interpretado por Rafael Calvo en el madrileño y alternativo Teatro de la Sombra. No sé si Javier es un hombre sencillo (no le conozco lo suficiente como para atreverme con este adjetivo), pero sí que puedo decir que es un “hombre tranquilo”, una de esas personas que sabe rodearse de un halo de tranquilidad, una tranquilidad que sabe comunicar, regalarte… su forma de hablar pausada, su sonrisa permanente, ese mirarte a los ojos con curiosidad cuando hablas, ese apoyar tus palabras e ideas con sus gestos… seguro que tiene sus momentos de rabia, momentos de dejarse llevar por la desesperación, por esos segundos negros que a todos nos invaden en algún momento. Pero no me lo puedo imaginar así. Hay algo en Javier que destila calma, tranquilidad, paz…
“Un hombre sencillo” es su última obra de teatro en estrenarse (ahora está ultimando otra nueva de la que confiesa, entre sonrisas, que está muy satisfecho, aunque le está planteando toda una serie de problemas). Y la obra, un monólogo de más de una hora de duración, es, aparentemente, sencilla. ¿O no? Porque quizás los hombres sencillos (como tal vez los tranquilos) no son tan sencillos como quieren hacernos creer. Rafael Calvo, el actor tiene una de esas voces que abrazan, que te aprisionan en un mundo personal. Sentado en una butaca, como medio dormido, como en sombras, se despierta y comienza a hablar de cucarachas, de arañas, de esos insectos que pululan en nuestras casas, que intentan sobrevivir, de manera sencilla entre nosotros, pero que sólo tienen una misión en la vida: ser exterminados por nosotros. ¿Así le sucede también a los hombres sencillos? Un hombre que habla solo es porque está solo o porque está loco. Y esta es la radiografía de una soledad (o de una locura) la que consigue llevar al escenario Javier gracias a la voz de Rafael. Una voz que se multiplica en esas otras voces que son las personas que están a nuestro alrededor, que nos impiden la soledad cotidiana: personas del pasado, como esa madre dominante que aparece en todo momento para querer seguir marcando el ritmo de vida de su hijo castrado, de su hijo doblegado a su voluntad, a la voz del jefe de su oficina, de una vecina, de una novia que tuvo hace años… y las voces se acompañan de gestos y de pocos artificios. Un escenario gris, negro, con objetos grises y negros, como la existencia de este hombre sencillo en un gris o negro piso en una ciudad (que bien podría ser Madrid) gris o negra. Hasta la leche en esa casa es gris. Las corbatas grises, las camisas, la funda de la tabla de la plancha, la silla, los calcetines… hasta la luz. Porque las voces son negras. Unas voces profundas, unas voces que llegan de los más interno del corazón. Y durante más de una hora, ese “hombre sencillo” va abriéndonos el cuarto de sus recuerdos, y con sus anécdotas y con sus comentarios, vamos dándonos cuenta cómo los detalles más absurdos de la vida pueden tener detrás una explicación lógica. Y esta dinámica da miedo. ¿Hasta que punto el azar está presente en nuestras vidas? Este hombre sencillo ha trabajado toda su vida en una oficina de gestión de fincas. Un día su jefe le llama y le prohíbe estornudar. El hombre sencillo, como nosotros los espectadores, no da crédito a lo que está escuchando. Pero es así: prohibido estornudar en horas de oficina. Pasan los días y los estornudos, los sonoros estornudos se repiten, de manera irremediable e incontrolable. Y al cabo de los días, el jefe le vuelve a llamar a su despacho y le comunica que, por seguir estornudando, ha decidido despedirlo. Unos días después, después de haber abandonado la oficina y haberse instalado en la soledad perpetua de su pequeño piso gris y negro, el hombre sencillo sale a la calle y una vieja antipática le grita: “Asesino, asesino”. El hombre sencillo se vuelve de manera educada e intenta razonar con la mujer, que le sigue gritando asesino, asesino… hasta que todo comienza a tener un sentido: aquella mujer vivía en la casa al lado de la oficina de gestión de fincas. Su salón daba al despacho del hombre sencillo. Y a cada estornudo, el perrito de aquella anciana entraba en un estado de ansiedad, hasta que de la ansiedad se fue a la tumba. Dado que la vieja era propietaria de más de sesenta fincas que se gestionaba en aquella oficina, el tema del despido y de los estornudos, esta aparente arbitrariedad, comienza a tener una explicación. “Asesino, asesino”. Un hombre sencillo… ¿con una vida sencilla? Y es que, como nos recuerda Javier, el autor tranquilo que es Javier García-Mauriño, ¡es tan complicado se sencillo!
“Un hombre sencillo” es su última obra de teatro en estrenarse (ahora está ultimando otra nueva de la que confiesa, entre sonrisas, que está muy satisfecho, aunque le está planteando toda una serie de problemas). Y la obra, un monólogo de más de una hora de duración, es, aparentemente, sencilla. ¿O no? Porque quizás los hombres sencillos (como tal vez los tranquilos) no son tan sencillos como quieren hacernos creer. Rafael Calvo, el actor tiene una de esas voces que abrazan, que te aprisionan en un mundo personal. Sentado en una butaca, como medio dormido, como en sombras, se despierta y comienza a hablar de cucarachas, de arañas, de esos insectos que pululan en nuestras casas, que intentan sobrevivir, de manera sencilla entre nosotros, pero que sólo tienen una misión en la vida: ser exterminados por nosotros. ¿Así le sucede también a los hombres sencillos? Un hombre que habla solo es porque está solo o porque está loco. Y esta es la radiografía de una soledad (o de una locura) la que consigue llevar al escenario Javier gracias a la voz de Rafael. Una voz que se multiplica en esas otras voces que son las personas que están a nuestro alrededor, que nos impiden la soledad cotidiana: personas del pasado, como esa madre dominante que aparece en todo momento para querer seguir marcando el ritmo de vida de su hijo castrado, de su hijo doblegado a su voluntad, a la voz del jefe de su oficina, de una vecina, de una novia que tuvo hace años… y las voces se acompañan de gestos y de pocos artificios. Un escenario gris, negro, con objetos grises y negros, como la existencia de este hombre sencillo en un gris o negro piso en una ciudad (que bien podría ser Madrid) gris o negra. Hasta la leche en esa casa es gris. Las corbatas grises, las camisas, la funda de la tabla de la plancha, la silla, los calcetines… hasta la luz. Porque las voces son negras. Unas voces profundas, unas voces que llegan de los más interno del corazón. Y durante más de una hora, ese “hombre sencillo” va abriéndonos el cuarto de sus recuerdos, y con sus anécdotas y con sus comentarios, vamos dándonos cuenta cómo los detalles más absurdos de la vida pueden tener detrás una explicación lógica. Y esta dinámica da miedo. ¿Hasta que punto el azar está presente en nuestras vidas? Este hombre sencillo ha trabajado toda su vida en una oficina de gestión de fincas. Un día su jefe le llama y le prohíbe estornudar. El hombre sencillo, como nosotros los espectadores, no da crédito a lo que está escuchando. Pero es así: prohibido estornudar en horas de oficina. Pasan los días y los estornudos, los sonoros estornudos se repiten, de manera irremediable e incontrolable. Y al cabo de los días, el jefe le vuelve a llamar a su despacho y le comunica que, por seguir estornudando, ha decidido despedirlo. Unos días después, después de haber abandonado la oficina y haberse instalado en la soledad perpetua de su pequeño piso gris y negro, el hombre sencillo sale a la calle y una vieja antipática le grita: “Asesino, asesino”. El hombre sencillo se vuelve de manera educada e intenta razonar con la mujer, que le sigue gritando asesino, asesino… hasta que todo comienza a tener un sentido: aquella mujer vivía en la casa al lado de la oficina de gestión de fincas. Su salón daba al despacho del hombre sencillo. Y a cada estornudo, el perrito de aquella anciana entraba en un estado de ansiedad, hasta que de la ansiedad se fue a la tumba. Dado que la vieja era propietaria de más de sesenta fincas que se gestionaba en aquella oficina, el tema del despido y de los estornudos, esta aparente arbitrariedad, comienza a tener una explicación. “Asesino, asesino”. Un hombre sencillo… ¿con una vida sencilla? Y es que, como nos recuerda Javier, el autor tranquilo que es Javier García-Mauriño, ¡es tan complicado se sencillo!
Millenium
Es un hecho incuestionable: la trilogía “Millenium” de Stieg Larsson es el gran éxito editorial de los últimos años, un éxito editorial que copa las listas de los libros más vendidos desde hace semanas a lo largo y ancho de toda Europa. La publicación del tercer volumen en España, para finales de junio, ocupó desde titulares de prensa a los primeros minutos de algunos de los telediarios más vistos y prestigiosos. Las montañas de ejemplares daban la bienvenida en todas las librerías, y miles y miles de ejemplares se vendieron en cuestión de horas. La tirada inicial superó el medio millón de ejemplares (la media normal de una tirada en España está en los 1000 ejemplares). No hay día que no vaya en el metro que no vea a alguien sacar uno de los tres volúmenes negros de la trilogía y perderse en sus páginas a medida que el vagón va avanzando. Lectura preferida en la playa, en las piscinas, en los fines de semana en el pueblo. Y no es que sea una compañía ligera ni mucho menos: las casi setecientas páginas de cada uno de los volúmenes lo convierten en un “tonel”, como diría el bueno de Cervantes hablando del “Olivante de Laura”. El tercer volumen, incluso, resulta casi imposible de lectura… pero ahí estamos todos, en posturas absurdas en la cama para no dejar ni un instante de dejarse llevar por sus aventuras. Un éxito sin muchos precedentes, un éxito realmente impresionante. Pero, ¿cuáles son las claves del mismo? A este tema seguramente se dedicarán en los próximos años sesudos ensayos, pero como lectores que hemos ido viviendo el proceso a medida que iba creciendo ante nuestros ojos asombrados –y enrojecidos por la falta de sueño- bien podemos adelantar algunas ideas.
Hay algo de leyenda alrededor de estos libros. Mucho más en Suecia, donde su autor, Stieg Larsson, era un conocido y reputado periodista, verdadero experto de los grupos de extrema derecha antidemocrática y luchador contra la violencia. Desde 1995 fue director de una revista, que se llama “Expo”. La publicación del primer volumen de “Millenium” fue todo un acontecimiento editorial en Suecia. En esos momentos, el autor entregaba al editor el tercer volumen y a los pocos días murió de un ataque al corazón. Estamos en el año 2004. Punto y aparte de una leyenda, que nos habla de la escritura de la obra casi en clandestinidad… miles y miles de páginas escritas antes de entregárselas a un editor; un escritor que dormía unas tres horas y se tomaba más de veinte cafés al día y fumaba y fumaba un cigarrillo tras otro. Y los lectores del primer libro: “Los hombres que no amaban a las mujeres”, verían en Mikael Blomkvist una alter-ego de su autor: también periodista, también implicado en causas de violencia, también pendiente de los cigarrillos y de los cafés… ¿también mujeriego? Pero no importa saber nada del autor para que la leyenda y la historia de “Millenium” funcione. Luego vendrían los problemas de herencia, las leyes suecas que no reconocen las parejas de hecho (cosa impensable en un país que tenemos por tan civilizado), el hecho de que el padre y el hermano, con los que casi no tenía relación, se hayan vuelto de la noche a la mañana multimillonarios…
Pero al margen de la leyenda, de esa escritura casi clandestina de los primeros volúmenes de la saga (se habla de que “Millenium” fue concebido en diez volúmenes, y que el cuarto ya estaba casi terminado en un ordenador de la revista “Expo”), lo cierto es que hay algo en su contenido que engancha. ¿Y qué puede ser ese algo? Partamos del hecho de que “Millenium” no es un “best-seller” desde el punto de vista literario, es decir, no es un libro pensado e ideado para acercarse al máximo número de lectores, con un lenguaje sencillo, una estructura asequible y con una historia atractiva. Es un libro complejo, en que junto a la línea (o líneas argumentales) de tipo policíaco, Stieg Larsson va incluyendo comentarios sobre la ética periodística (primer libro), sobre los límites de las fuentes, sobre la función de las fuerzas de seguridad, el espionaje… es decir, las grandes preocupaciones del periodista Larsson obtienen voz en los personajes del novelista. Y para muchos, el retrato que hace de la “moderna” Suecia no deja de sorprendernos… la Suecia del estado de bienestar que tiene tantos asuntos que resolver, desde la libertad de prensa a la caza de comunistas (incluido Olof Palme) en los años de la guerra fría. Pero lo que hace adictivos estos libros es la capacidad de Larsson de crear un puzzle de personajes y de tramas que parece que nunca termina. La técnica del “entrelazamiento”, que encontramos en los primeros textos de ficción artúrica del siglo XIII, ahora se lleva a sus últimos extremos. La investigación de Mikael se cruza con la de Lisbeth Salander (la verdadera protagonista de la saga), y entre medias, cientos de personajes que aparecen, desaparecen, que entran y salen de escena en episodios que siempre se quedan en suspenso en el momento más interesante. ¿Cómo no seguir leyendo? ¿Cómo dejar el siguiente capítulo? Y algunas preguntas siguen sin contestar al terminar el tercer libro de la saga, como por ejemplo: ¿Qué papel ha jugado la hermana gemela de Lisbeth Salander en toda la trama de su padre? Quizás en el cuarto volumen estuviera contestada esta duda. Tiempo al tiempo. Quizás no está todo ya dicho ni escrito.
Hay algo de leyenda alrededor de estos libros. Mucho más en Suecia, donde su autor, Stieg Larsson, era un conocido y reputado periodista, verdadero experto de los grupos de extrema derecha antidemocrática y luchador contra la violencia. Desde 1995 fue director de una revista, que se llama “Expo”. La publicación del primer volumen de “Millenium” fue todo un acontecimiento editorial en Suecia. En esos momentos, el autor entregaba al editor el tercer volumen y a los pocos días murió de un ataque al corazón. Estamos en el año 2004. Punto y aparte de una leyenda, que nos habla de la escritura de la obra casi en clandestinidad… miles y miles de páginas escritas antes de entregárselas a un editor; un escritor que dormía unas tres horas y se tomaba más de veinte cafés al día y fumaba y fumaba un cigarrillo tras otro. Y los lectores del primer libro: “Los hombres que no amaban a las mujeres”, verían en Mikael Blomkvist una alter-ego de su autor: también periodista, también implicado en causas de violencia, también pendiente de los cigarrillos y de los cafés… ¿también mujeriego? Pero no importa saber nada del autor para que la leyenda y la historia de “Millenium” funcione. Luego vendrían los problemas de herencia, las leyes suecas que no reconocen las parejas de hecho (cosa impensable en un país que tenemos por tan civilizado), el hecho de que el padre y el hermano, con los que casi no tenía relación, se hayan vuelto de la noche a la mañana multimillonarios…
Pero al margen de la leyenda, de esa escritura casi clandestina de los primeros volúmenes de la saga (se habla de que “Millenium” fue concebido en diez volúmenes, y que el cuarto ya estaba casi terminado en un ordenador de la revista “Expo”), lo cierto es que hay algo en su contenido que engancha. ¿Y qué puede ser ese algo? Partamos del hecho de que “Millenium” no es un “best-seller” desde el punto de vista literario, es decir, no es un libro pensado e ideado para acercarse al máximo número de lectores, con un lenguaje sencillo, una estructura asequible y con una historia atractiva. Es un libro complejo, en que junto a la línea (o líneas argumentales) de tipo policíaco, Stieg Larsson va incluyendo comentarios sobre la ética periodística (primer libro), sobre los límites de las fuentes, sobre la función de las fuerzas de seguridad, el espionaje… es decir, las grandes preocupaciones del periodista Larsson obtienen voz en los personajes del novelista. Y para muchos, el retrato que hace de la “moderna” Suecia no deja de sorprendernos… la Suecia del estado de bienestar que tiene tantos asuntos que resolver, desde la libertad de prensa a la caza de comunistas (incluido Olof Palme) en los años de la guerra fría. Pero lo que hace adictivos estos libros es la capacidad de Larsson de crear un puzzle de personajes y de tramas que parece que nunca termina. La técnica del “entrelazamiento”, que encontramos en los primeros textos de ficción artúrica del siglo XIII, ahora se lleva a sus últimos extremos. La investigación de Mikael se cruza con la de Lisbeth Salander (la verdadera protagonista de la saga), y entre medias, cientos de personajes que aparecen, desaparecen, que entran y salen de escena en episodios que siempre se quedan en suspenso en el momento más interesante. ¿Cómo no seguir leyendo? ¿Cómo dejar el siguiente capítulo? Y algunas preguntas siguen sin contestar al terminar el tercer libro de la saga, como por ejemplo: ¿Qué papel ha jugado la hermana gemela de Lisbeth Salander en toda la trama de su padre? Quizás en el cuarto volumen estuviera contestada esta duda. Tiempo al tiempo. Quizás no está todo ya dicho ni escrito.
Sinodal de Aguilafuente
En junio de 1472 se reunió en la ciudad segoviana de Aguilafuente un sínodo, bajo la presidencia del obispo Juan Arias Dávila. Uno de tantos sínodos como habían llenado la geografía europea a lo largo y ancho de la Edad Media. En los sínodos diocesianos, como el que se reunió en la iglesia de Santa María de Aguilafuente, se dan cita los eclesiásticos de una diócesis, presididos por su obispo, para tratar asuntos eclesiásticos de toda índole, desde los más religiosos a los más mundanos. En principio, el sínodo de Aguilafuente de 1472 estaba llamado a ser uno más; uno más aunque estuviera convocado por uno de los obispos más reformistas del momento. Uno más, aunque las normas de allí emanadas rigieran la vida de clérigos y seglares en los siguientes años. Como tantos otros. Como muchos de los que hoy se siguen estudiando en las aulas universitarias. Pero el obispo Arias Dávila, muy cercano los nuevos aires renacentistas que se convertirán en vendavales en la siguiente centuria, volverá histórico este sínodo no tanto por las normas allí discutidas y decididas, como por la forma de difundirlas. Para que el sínodo diocesiano cumpla con su función no sólo tiene que llegar a una serie de acuerdos sino que tiene la obligación de darlos a conocer en un texto que se conoce con el nombre de “Sinodal”. La forma habitual en la época de difusión de los textos es el manuscrito, los códices copiados de manera manuscrita, que había ido perfeccionándose –y ampliando su difusión con la llegada del papel en el siglo XII- desde que en el siglo IV después de Cristo se impusiera el modelo del códice en pergamino a los rollos en papiro, la forma habitual de difusión de los textos durante los años de esplendor de Grecia y de Roma. Pero el obispo segoviano, conocedor del nuevo arte de difundir libros que Gutenberg había comenzado en Maguncia a mediados del siglo XV, quería que por este medio se difundieran sus acuerdos por tierras castellanas. El primero en hacerlo en letras de molde, frente a la letra manuscrita que, poco a poco, iba a ir dejando paso a una nueva época que conocemos como “Edad Moderna”. Y así, llamó desde Roma al impresor alemán Juan Párix, originario de Heildelberg, para que en tierras segovianas imprimiera el “Sinodal de Aguilafuente”, que es el primer libro impreso en España. Desde este año hasta 1474 (o quizás 1475), Juan Párix estuvo en Segovia imprimiendo diversos títulos, hasta que decidió irse a tierras francesas para allí terminar sus días en 1502.
Una historia fascinante, sin duda. Una historia llena de genialidades que tuvieron un sueño, que miraron con entusiasmo al futuro, a las posibilidades del futuro antes que quedarse anclado en las costumbres y normas del pasado. Juan Arias Dávila ha pasado a la historia como un obispo abierto a los aires reformistas que sacudieron el mundo occidental durante el siglo XV. Pero lo tuvo que hacer no sin tener que enfrentarse a tantos críticos, que veían en toda novedad un arma del diablo, un resquicio por el que el maligno intentaba conquistar las almas tradicionales. ¿Para qué difundir los decretos del sínodo mediante la imprenta, que permitía multiplicar los ejemplares, si toda la vida se ha hecho por medio de manuscritos? Pero si fascinante es la historia real de la impresión –contra viento y marea- del primer libro en tierras españolas (a Italia llegó en 1464, a Suiza en 1468, a Francia, en 1469…), lo es también como esta pequeña población segoviana vuelve, agosto tras agosto, a devolverle la voz y los gestos a todos los que, de alguna manera o de otra, se vieron involucrados en aquel junio de 1472. “El Sinodal de Aguilafuente” se ha convertido en una obra de teatro que se representará los días 31 de julio y 1 y 2 de agosto, en la misma Iglesia de Santa María que oyó las voces, y los gritos, y los argumentos de los que se reunieron en el Sínodo original. Y junto a esta representación, realizada de manera espléndida por vecinos de Aguilafuente, dirigidos por Miguel Nieto, se podrá disfrutar de otras pequeñas obras en otros tantos espacios de la ciudad (“El obispo y el impresor”, “El impresor clandestino”, “Las fabetas”, “La curandera”…), así como de una cena medieval (tan solo el sábado), y de diversos actos, en que el pueblo de Aguilafuente consigue dar un salto mortal en el tiempo y devolvernos a una tierra castellana de hace más de quinientos años. Y ahora que estamos inmersos en el nacimiento de un nuevo medio de transmisión, el hipertexto y la difusión digital, no está de más conocer las dificultades de la difusión de la imprenta a finales del siglo XV, en que encontraba adeptos y detractores con argumentos muy similares a los que hoy se escuchan en tantos debates periodísticos. Una fiesta del libro en el corazón de Segovia. Una fiesta que muestra cómo una comunidad puede sacar partido de su pasado para poder encarar el futuro. Una mirada ambiciosa y generosa, como la que tuvo el obispo Juan Arias Dávila, que hizo entrar el nombre de Aguilafuente en los libros de historia por la puerta grande; idéntica mirada ambiciosos que lleva a los miembros de la “Asociación Sinodal”, con todo el apoyo del Ayuntamiento, a darle nueva vida cada año, con sus voces, sus gestos y su entusiasmo. Un verdadero ejemplo a seguir en tierras alcalaínas.
Una historia fascinante, sin duda. Una historia llena de genialidades que tuvieron un sueño, que miraron con entusiasmo al futuro, a las posibilidades del futuro antes que quedarse anclado en las costumbres y normas del pasado. Juan Arias Dávila ha pasado a la historia como un obispo abierto a los aires reformistas que sacudieron el mundo occidental durante el siglo XV. Pero lo tuvo que hacer no sin tener que enfrentarse a tantos críticos, que veían en toda novedad un arma del diablo, un resquicio por el que el maligno intentaba conquistar las almas tradicionales. ¿Para qué difundir los decretos del sínodo mediante la imprenta, que permitía multiplicar los ejemplares, si toda la vida se ha hecho por medio de manuscritos? Pero si fascinante es la historia real de la impresión –contra viento y marea- del primer libro en tierras españolas (a Italia llegó en 1464, a Suiza en 1468, a Francia, en 1469…), lo es también como esta pequeña población segoviana vuelve, agosto tras agosto, a devolverle la voz y los gestos a todos los que, de alguna manera o de otra, se vieron involucrados en aquel junio de 1472. “El Sinodal de Aguilafuente” se ha convertido en una obra de teatro que se representará los días 31 de julio y 1 y 2 de agosto, en la misma Iglesia de Santa María que oyó las voces, y los gritos, y los argumentos de los que se reunieron en el Sínodo original. Y junto a esta representación, realizada de manera espléndida por vecinos de Aguilafuente, dirigidos por Miguel Nieto, se podrá disfrutar de otras pequeñas obras en otros tantos espacios de la ciudad (“El obispo y el impresor”, “El impresor clandestino”, “Las fabetas”, “La curandera”…), así como de una cena medieval (tan solo el sábado), y de diversos actos, en que el pueblo de Aguilafuente consigue dar un salto mortal en el tiempo y devolvernos a una tierra castellana de hace más de quinientos años. Y ahora que estamos inmersos en el nacimiento de un nuevo medio de transmisión, el hipertexto y la difusión digital, no está de más conocer las dificultades de la difusión de la imprenta a finales del siglo XV, en que encontraba adeptos y detractores con argumentos muy similares a los que hoy se escuchan en tantos debates periodísticos. Una fiesta del libro en el corazón de Segovia. Una fiesta que muestra cómo una comunidad puede sacar partido de su pasado para poder encarar el futuro. Una mirada ambiciosa y generosa, como la que tuvo el obispo Juan Arias Dávila, que hizo entrar el nombre de Aguilafuente en los libros de historia por la puerta grande; idéntica mirada ambiciosos que lleva a los miembros de la “Asociación Sinodal”, con todo el apoyo del Ayuntamiento, a darle nueva vida cada año, con sus voces, sus gestos y su entusiasmo. Un verdadero ejemplo a seguir en tierras alcalaínas.
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