¿No les da pereza volver de las vacaciones? Y no tanto por tener que abandonar esa otra vida que nos hemos creído por unos días, en que hemos sido, por una vez, lo que queríamos ser: aventureros, exploradores, lectores, juerguistas, bañistas, adictos a museos y exposiciones, viajeros… Las vacaciones nos devuelven un tiempo que no es nuestro y, como tal, lo explotamos hasta sus últimas consecuencias. En vacaciones nos descubrimos facetas que creíamos olvidadas y nos parece que hasta los relojes se han cansado de dar las horas y que todo se hace mucho más lento, que el día cunde mucho más y que nos da tiempo a hacerlo casi todo. Y así es. Pero es todo un espejismo. La ilusión y los nervios de hacer las maletas (qué meto, qué necesitaré, qué dejo…) se transforman en el mecánico proceso de ir llenándolas de nuevo con la mitad de la ropa elegida (la otra sigue en el fondo esperando la noche de los justos), de comprobar (con igual nerviosismo) que la maleta está llena y todavía quedan mil cosas por meter. Y comienzan las dudas y los reproches. Quizás debería haber leído más. Quizás debería haber aprovechado mejor el tiempo. Quizás debería haber comprado aquel espejo en el bazar, que tampoco era tan caro. Quizás deberíamos volver el año que viene. Y en las últimas horas de las vacaciones hemos comenzado ya el camino de regreso. Nuestro cuerpo se da el último chapuzón en el mar o en la piscina, camina por el bazar por última vez o sigue haciendo la última cola ante el museo que se nos antoja que no podemos dejar de visitar. Pero nosotros ya no estamos con nuestro cuerpo. Comenzamos a viajar a la cotidianidad antes que él. Y así los problemas o los asuntos que dejamos pendientes antes de comenzar las vacaciones, se nos aparecen como un fantasma. Al principio, intentamos (en vano) alejarnos de ellos, poner risas y proyectos en medio. Pero todo es inútil. Ahora el minutero de todos los relojes del mundo actúan a nuestras espaldas contra nosotros. A medida que los segundos pasan los problemas pendientes se hacen más grandes, más transcendentales. Y comenzamos a pensar en ellos aunque la maleta siga llena encima de la cama y toda la ropa desparramada alrededor buscando su lugar para el regreso. Aunque todavía nos queden horas de risas y de vacaciones. Aunque nos hagamos el firme propósito de no pensar tanto en los problemas del trabajo, en los cotidianos cuando volvamos a casa. Y es que las maletas se llenan tan pronto no porque hayamos perdido la paciencia de doblar la ropa con todo cuidado. No. Se llena tan pronto porque en ellas hemos metido, sin darnos cuenta, los buenos propósitos con que siempre volvemos de vacaciones. De este año no pasa, aprendo inglés, me hago la colección de ganchillo, veo una película cada miércoles, vamos al teatro una vez al mes, nos reunimos con los amigos cada fin de semana, que no es posible que nos veamos tan poco cuando estamos tan cerca los unos de los otros. Y lo bien que lo hemos pasado juntos en las vacaciones. No sabía yo que Raquel fuera tan simpática. Ella que parecía tan sosita… y así seguimos llenando las maletas de lugares comunes, de propósitos que, en la mayoría de los casos, no consiguen sobrevivir al mes de septiembre… Y sabemos que así será, como todos los años, pero nos engañamos, como todos los años, con que este otoño será diferente. Y cuando llegamos la cotidianidad nos absorbe, con ganas, con el hambre canina del animal que hemos dejado encerrado en casa. Está deseando volver a vernos para ponernos delante de la cara las obras que hemos dejado comenzadas cuando nos fuimos, las mismas historias de las escuchas ilegales a partidos políticos, que huelen a las huidas del Lute en época de Franco, las mismas esperanzas de que nuestro equipo gane la liga. Ya que todos la van a ganar. Y comienza la liga, y el trabajo, y dentro de unos días, las clases. Y sin darnos cuenta dejamos atrás el verano, las vacaciones, ese lugar en que hemos sido nosotros cuando hemos dejado de serlo.
Y bendita la cotidianidad. El preocuparse por las mismas cosas de siempre, año tras año; seguir al pie de la letra el guión establecido de todas las vueltas. Porque en ocasiones la vida se empeña en darnos una sorpresa y todo cambia, como por ejemplo el infarto de una madre, que se queda en un susto y en una semana de hospital. Pero ahí queda, como una sábana que todo lo cubre y que, por unos días, impide ver el futuro. Nos quejamos de volver siempre a la misma rutina. Pero ¡bendita rutina! Que nos dure muchos años. Que no se empeñe en darnos sorpresas.
martes, 1 de septiembre de 2009
miércoles, 26 de agosto de 2009
Siete casas en Francia
Hay libros que arrastran tras de sí el vendaval de lecturas de las otras obras de su autor. Así me ha pasado con el magnífico “Siete casas en Francia” de Bernardo Atxaga, autor que descubrí con “El hombre solo”, allá por el lejano 1994, y del que me dejé atrapar por su universo personal, en “Obabakoak”, de unos años antes. De pronto, ETA y el entramado vasco se volvían voz en un autor que miraba de frente a los problemas. Esos que por aquellos años eran una amenaza diaria, en que las portadas de los periódicos eran insuficientes para dar cuenta de tantas muertes, de tanto dolor, de tanta impunidad. Recuerdo que devoré, casi literalmente, “El hombre solo”, que allí encontraba respuestas a muchas de las preguntas que muchos nos hacíamos por aquel entonces; en él constaté qué fácil es opinar de lo que uno no sabe, no padece, no vive en su propia carne. Los cientos de kilómetros que separan Madrid del País Vasco no es solo una distancia geográfica y espacial. Lo es también de cultura y de realidad. En unos segundos, la televisión nos ofrecía una imagen; una fotografía de un instante que nosotros convertíamos en la película de la realidad, de su realidad. Y eso que por aquellos años las televisiones y las radios no habían descubierto el chollo de los “tertulianos”, que les llenan horas y horas de programación hablando de cualquier cosa: para eso le pagan, para hablar y hablar y hablar. “El hombre solo” eran más que palabras: éramos todos nosotros que no estábamos allí pero que, de pronto, nos sentimos dentro de la película de una realidad que nos superaba por falta de datos, falta de sentimientos. A los dos años, Atxaga volvía al mismo tema con “Esos cielos” y luego un silencio con una nueva novela, “El hijo del acordeonista”, del 2004, que espero leer en estos días. Confieso que, cuando se publicó, nada me atrajo de ella: Bernardo Atxaga, de alguna manera que ahora desconozco, se había convertido, sin él quererlo y sin yo saberlo, en autor de una única novela, en una autor “solitario” como el protagonista de “El hombre solo”.
Pero Atxaga es mucho más que eso. Cómo no podía ser de otro modo en uno de los novelistas más interesantes de nuestra literatura actual, de esos que quedarán cuando los vendavales mediáticos tengan que dejar paso al poso lento y cruel de la historia. Y paso a paso, novela a novela, como deben ir haciendo los escritores, Atxaga va creando una obra, en que su estilo se reconoce, su control del pulso narrativo, al tiempo que no renuncia a abrirse a nuevos territorios, a jugar a confundirnos cuando, como los grandes escritores, termina por hablar siempre de lo mismo, de sus pasiones y obsesiones, como lo es la soledad, la geografía agresiva, y el final trágico cuando uno se deja llevar por las pasiones. Las siete casas francesas hace alusión a un sueño, a un capricho más bien, de la mujer del poeta y militar belga Lalande Biran: poseer siete casas en Francia como muestra de su éxito y triunfo. Siete casas situadas en los espacios reconocidos por la nobleza europea como lugares de encuentro. Un sueño lejano, ya que la acción de la novela se desarrollará en Yangambi, una aldea perdida al lado del río Congo, desde donde el rey Leopoldo II de Bélgica atesora su fortuna de las colonias, gracias al comercio de la caoba y de los cuernos de rinoceronte. Será este negocio, hábilmente camuflado por Lalande, su segundo a bordo, Van Thiegel, y el asesoramiento y ayuda de Toisonet y los paraísos fiscales y bancarios suizos, el que le permita a Lalande cumplir el sueño de su mujer y, por extensión, el suyo propio: abandonar la selva congoleña para volver a París donde ya se imagina triunfante en las tertulias literarias con sus poemas llenos de una fuerza renovada y renovadora. El amparo de la autoridad de la Force Publique hace que el poblado de Yangambi parezca un universo estable, en que los peligros del exterior, el peligro de los insurgentes, del sonido atronador de la selva y de los mandriles no sea más que el eco lejano de amenazas que quedan muy lejos. Pero es todo una apariencia. La presencia de Chrysostome Liège, que llegará a convertirse en una leyenda por su puntería, vendrá a mostrar a todos el espejo distorsionado de nuestras vidas y sacará el demonio que todos llevamos dentro. La aparente tranquilidad se quebrará para siempre. Y así esta novela que habla de sueños y de pesadillas del siglo XIX, de Bélgica, París y el Congo en realidad no deja de ser una novela más de España y del País Vasco. Una novela más de nosotros mismos, de los oscuros y sombríos rincones que habitan en nuestro corazón. Ayer y hoy. Y lamentablemente, seguramente también mañana.
Pero Atxaga es mucho más que eso. Cómo no podía ser de otro modo en uno de los novelistas más interesantes de nuestra literatura actual, de esos que quedarán cuando los vendavales mediáticos tengan que dejar paso al poso lento y cruel de la historia. Y paso a paso, novela a novela, como deben ir haciendo los escritores, Atxaga va creando una obra, en que su estilo se reconoce, su control del pulso narrativo, al tiempo que no renuncia a abrirse a nuevos territorios, a jugar a confundirnos cuando, como los grandes escritores, termina por hablar siempre de lo mismo, de sus pasiones y obsesiones, como lo es la soledad, la geografía agresiva, y el final trágico cuando uno se deja llevar por las pasiones. Las siete casas francesas hace alusión a un sueño, a un capricho más bien, de la mujer del poeta y militar belga Lalande Biran: poseer siete casas en Francia como muestra de su éxito y triunfo. Siete casas situadas en los espacios reconocidos por la nobleza europea como lugares de encuentro. Un sueño lejano, ya que la acción de la novela se desarrollará en Yangambi, una aldea perdida al lado del río Congo, desde donde el rey Leopoldo II de Bélgica atesora su fortuna de las colonias, gracias al comercio de la caoba y de los cuernos de rinoceronte. Será este negocio, hábilmente camuflado por Lalande, su segundo a bordo, Van Thiegel, y el asesoramiento y ayuda de Toisonet y los paraísos fiscales y bancarios suizos, el que le permita a Lalande cumplir el sueño de su mujer y, por extensión, el suyo propio: abandonar la selva congoleña para volver a París donde ya se imagina triunfante en las tertulias literarias con sus poemas llenos de una fuerza renovada y renovadora. El amparo de la autoridad de la Force Publique hace que el poblado de Yangambi parezca un universo estable, en que los peligros del exterior, el peligro de los insurgentes, del sonido atronador de la selva y de los mandriles no sea más que el eco lejano de amenazas que quedan muy lejos. Pero es todo una apariencia. La presencia de Chrysostome Liège, que llegará a convertirse en una leyenda por su puntería, vendrá a mostrar a todos el espejo distorsionado de nuestras vidas y sacará el demonio que todos llevamos dentro. La aparente tranquilidad se quebrará para siempre. Y así esta novela que habla de sueños y de pesadillas del siglo XIX, de Bélgica, París y el Congo en realidad no deja de ser una novela más de España y del País Vasco. Una novela más de nosotros mismos, de los oscuros y sombríos rincones que habitan en nuestro corazón. Ayer y hoy. Y lamentablemente, seguramente también mañana.
Los abrazos estrellados
Almodóvar consigue crear tal algarabía mediática alrededor de cualquier proyecto suyo que se convierte en un referente tanto social como cultural. Y “Los abrazos rotos” no podía ser menos. O quizás, en este caso, podríamos decir más, ya que la presencia de Penélope Cruz después de ganar el Oscar, después de haberse dejado dirigir por Woody Allen (en sus horas más bajas), le ha puesto un punto de glamour, lo que tampoco está nada mal en nuestra casposa fauna ibérica. ¿Cómo no ir a ver una nueva película de Almodóvar? ¿Cómo no dejarse llevar por esta marea de los medios, de estas olas de noticias en la televisión, en los periódicos, de adelantos y de secretos? ¿Cómo no hacerlo aunque todas las personas que la habían visto coincidían en calificarla de película fallida? Y ahora que la he visto, ahora que me he dejado empapar de imágenes en las más de dos horas de duración, tan solo me viene a la cabeza una pregunta: ¿cómo es posible fallar en una película cuando todos los vientos soplan a favor? Almodóvar tiene prestigio (merecido), tiene oficio (ganado con el tiempo), tiene dinero (más el que puede soñar cualquier otro director al ponerse al frente de un nuevo proyecto), tiene libertad (lo que todo artista ambiciona), y tiene un público (casi) ganado antes de comenzar a rodar… sin olvidar su (excelente) gabinete de prensa y su capacidad de hipnotizador y de gran publicista, que nunca le ha abandonado. Tiene tiempo para escribir y no tiene compromisos por contratos draconianos que le obliguen a entregar una película cada año, o a hacer galas y galas para así justificar su sueldo o sus ingresos. Nada de eso. Seguro que Woody Allen –como tantos otros directores- les gustaría contar con unas capacidades de producción que sólo él puede soñar. Y a pesar de todo ello, ¿por qué “Los abrazos rotos” es una película fallida, que no consigue emocionarte ni un momento a pesar de ser una historia de grandes pasiones, de amores envidiables y otros no tanto?
No soy ni especialista en cine ni es mi pretensión serlo. Soy un espectador. Uno de tantos que ha pagado sus euros por ver la película y, después de verla, intento contestarme a una simple pregunta: ¿por qué la película no ha conseguido traspasar la frialdad de las imágenes para llegar a convertirse en el telón de fondo de una vida compartida en la oscuridad del cine? Como así sucede en “Volver”, sin irme más lejos, en que risas y lágrimas se convirtieron en eco común de los que compartíamos tiempo y emociones en una sala de cine viendo esta película. Lo primero: Almodóvar sigue siendo uno de los mejores directores de actores que ha contado nuestro país; nadie como él para sacarle a los actores toda la vida que tienen dentro. Penélope está estupenda; lo está cuando la maquillan como la estrella en que se ha convertido; y lo está cuando se mira al espejo y ella misma se dice: “¡pero es que me doy asco!”, cuando está triunfando en una fiesta o cuando vomita después de hacer el amor. ¿Y qué decir de Lluis Homar? Espléndido, a pesar del peluquín que le colocan en su época de joven. Espléndido en la alegría del amor y espléndido en la desesperación de su pérdida. Y así debería ser con Blanca Portillo de haber tenido un papel más lucido, ya que le ha tocado un personaje sin alma, y bastante ha hecho ella por darle algo de cuerpo; y lo mismo le sucede a José Luis Gómez, que le ha tocado lidiar con un personaje que nunca deja de serlo: casi esperpento de su propio personaje. Debería haber sido el centro de nuestros odios, y sólo consigue convertirse en bufón de su propia pasión… son los actores los que mantienen la película, los que la hacen sufrible, posible, e incluso, puede uno disfrutar de algunas escenas, como aquella en la que Penélope Cruz se dobla a sí misma. Pero nada más… y nada más porque le falta a “Los abrazos rotos” una historia, un guión. El talón de Aquiles del que ha ganado un Óscar en este tema: en las películas de Almodóvar la realidad siempre tenía un contrapunto en una serie de personajes y situaciones esperpénticas, que nos hacían reír pero que, al tiempo, nos situaban ante nuestras miradas la más cruel de las realidades. Personajes aparentemente locos, extraños, pero que han resultados los más normales de su filmografía… y entonces todo se lo permitías, la falta de ritmo narrativo (como ahora), el recrearse en imágenes que a nada llevaban (como ahora), el dar información que no era necesaria (¿a quién le importa quién es el padre de la criatura?)… todo se salvaba por esa genialidad… que en la película se reduce a los últimos momentos de “Mujeres y maletas”, ese remake de “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, con una Carmen Machi espléndida… Películas que han marcado una época, que forman parte de nuestro pasado. Almodóvar se ha cansado de sí mismo y ha perdido el encanto. No sabe contar “historias” tradicionales. Ni tendría tampoco que intentarlo. “Abrazos rotos” es una de sus peores películas porque en esta historia no está él… nació de una foto y de una pareja que a lo lejos se abrazaba. Nunca tendría que haber pasado de este inicio. Y tendría que habernos regalado muchos más minutos de su final.
No soy ni especialista en cine ni es mi pretensión serlo. Soy un espectador. Uno de tantos que ha pagado sus euros por ver la película y, después de verla, intento contestarme a una simple pregunta: ¿por qué la película no ha conseguido traspasar la frialdad de las imágenes para llegar a convertirse en el telón de fondo de una vida compartida en la oscuridad del cine? Como así sucede en “Volver”, sin irme más lejos, en que risas y lágrimas se convirtieron en eco común de los que compartíamos tiempo y emociones en una sala de cine viendo esta película. Lo primero: Almodóvar sigue siendo uno de los mejores directores de actores que ha contado nuestro país; nadie como él para sacarle a los actores toda la vida que tienen dentro. Penélope está estupenda; lo está cuando la maquillan como la estrella en que se ha convertido; y lo está cuando se mira al espejo y ella misma se dice: “¡pero es que me doy asco!”, cuando está triunfando en una fiesta o cuando vomita después de hacer el amor. ¿Y qué decir de Lluis Homar? Espléndido, a pesar del peluquín que le colocan en su época de joven. Espléndido en la alegría del amor y espléndido en la desesperación de su pérdida. Y así debería ser con Blanca Portillo de haber tenido un papel más lucido, ya que le ha tocado un personaje sin alma, y bastante ha hecho ella por darle algo de cuerpo; y lo mismo le sucede a José Luis Gómez, que le ha tocado lidiar con un personaje que nunca deja de serlo: casi esperpento de su propio personaje. Debería haber sido el centro de nuestros odios, y sólo consigue convertirse en bufón de su propia pasión… son los actores los que mantienen la película, los que la hacen sufrible, posible, e incluso, puede uno disfrutar de algunas escenas, como aquella en la que Penélope Cruz se dobla a sí misma. Pero nada más… y nada más porque le falta a “Los abrazos rotos” una historia, un guión. El talón de Aquiles del que ha ganado un Óscar en este tema: en las películas de Almodóvar la realidad siempre tenía un contrapunto en una serie de personajes y situaciones esperpénticas, que nos hacían reír pero que, al tiempo, nos situaban ante nuestras miradas la más cruel de las realidades. Personajes aparentemente locos, extraños, pero que han resultados los más normales de su filmografía… y entonces todo se lo permitías, la falta de ritmo narrativo (como ahora), el recrearse en imágenes que a nada llevaban (como ahora), el dar información que no era necesaria (¿a quién le importa quién es el padre de la criatura?)… todo se salvaba por esa genialidad… que en la película se reduce a los últimos momentos de “Mujeres y maletas”, ese remake de “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, con una Carmen Machi espléndida… Películas que han marcado una época, que forman parte de nuestro pasado. Almodóvar se ha cansado de sí mismo y ha perdido el encanto. No sabe contar “historias” tradicionales. Ni tendría tampoco que intentarlo. “Abrazos rotos” es una de sus peores películas porque en esta historia no está él… nació de una foto y de una pareja que a lo lejos se abrazaba. Nunca tendría que haber pasado de este inicio. Y tendría que habernos regalado muchos más minutos de su final.
Mario Benedetti
Ayer, 18 de mayo, murió Mario Benedetti. La frase es corta. Casi fugaz. La noticia ha traspasado el océano dejando a su paso un reguero de lágrimas y de suspiros para instalarse en las conversaciones y en las primeras páginas de los periódicos. Murió en su Uruguay, en su Montevideo al que se había “desexiliado”, desde donde contemplaba el mundo con una clarividencia que solo a unos elegidos les es propicia. Mario Benedetti era capaz de convertir en verso hasta el momento más cotidiano, aquel que se pierde sin dejar huella. Y él hizo de la vida, de esa real, la de todos los días, su campo de batalla. Y lo hizo desde ese exilio político que le trajo a España; a su Madrid. Su libro “Geografía” (1982-1983) comienza con el siguiente poema, que se titula “Eso dicen”: “Eso dicen / que al cabo de diez años / todo ha cambiado / allá // dicen / que la avenida está sin árboles / y no soy quién para ponerlo en duda // ¿acaso yo no estoy sin árboles / y sin memoria de esos árboles / que según dicen / ya no están?”. Allá, acá; memoria y silencio; abandono y tristeza. Sólo he tenido la oportunidad de ver a Mario Benedetti en la Feria del libro de Madrid, firmando ejemplares y apuntando en una hojita los que le iba pasando su editor, Chus Visor. Unos años después, con un poco más de confianza, le pregunté a Chus el porqué de esta costumbre. Timidez. Una timidez enfermiza. Se parapetaba en esa costumbre para no tener que levantar los ojos y enfrentarse con otros ojos, para no tener que entablar una conversación, y dejaba pasar el tiempo entre firmas y palotes en su hojita de papel. Extremadamente tímido y modesto. Respondía a los halagos y las palabras cariñosas con una sonrisa y con un palito, y con un estrechar la mano. Nada más y nada menos. Hombre de pocas palabras y de muchos versos. Sentado en el café miraba la vida a través de sus folios y en ellos siempre había tiempo para dejar clavado el instante, como quien conquista la más hermosa de las mariposas y la deja ahí, atrapada en el alfiler de la metáfora, para que todos la podamos disfrutar.
Y el amor. El amor. Si ha habido un poeta del amor, del amor al que le mira frente a frente, ese ha sido y seguirá siendo Mario Benedetti. “No te quedes inmóvil / al borde del camino / no congeles el júbilo / no quieras con desgana / no te salves ahora / ni nunca / no te salves / no te llenes de calma / no reserves del mundo / sólo un rincón tranquilo / no dejes caer los párpados / pesados como juicios / no te quedes sin labios / no te duermas sin sueño / no te pienses sin sangre/ no te juzgues sin tiempo”. Y así apareció, en un recitado memorable en alemán, en la genial película de Eliseo Subiela, “El lado oscuro del corazón”, uno de los mejores intentos de aunar dos lenguajes literarios tan dispares como son el lírico y el cinematográfico. Putas y publicistas, enamorados y hasta la misma muerte que hablaban siguiendo el ritmo de versos de Benedetti, de Girondo, de Gelman. En un semáforo, espera una mujer con su niño en brazos y un hombre con una gabardina. Ella se dispone a pedir y él a cambiar versos por dinero: “Tengo una soledad / tan concurrida / tan llena de nostalgias/ y de rostros de vos / de adioses hace tiempo / y besos bienvenidos / de primeras de cambio / y de último vagón”…
Se nos ha ido Mario Benedetti. Se nos ha ido a sus 88 años. Sus pulmones han dejado de respirar, de pasar ese poco de aire necesario cada día. Se nos ha ido la voz y la denuncia de nuestro tiempo. En sus manos, la poesía se hacía portavoz de nuestro dolor y de nuestro sufrimiento, de nuestros gritos de angustia de un tiempo; sentencia de las injusticias y también de aquellas verdades ocultas, ya que Benedetti no se quedaba solo en denunciar la política, sino también a los “hombres de mala voluntad”: “Cuando volvés a la tarde como a un oasis / y tu mujer te espera linda y ávida / y cree en la provincia de tu silencio / que hace tiempo vendiste al enemigo // […] cuando todos te dejen en el living / a solas con tu húmedo bigote / y la mirada opaca como nunca / y el tocadiscos que se detiene solo // mejor lo pasarías si no tuvieras / en la retina y en los tímpanos / el rostro el puño el alarido / del muchachito de ojos claros // […] entonces pobre hombre de mala voluntad / ni siquiera juntando todo el odio / que quede disponible en el mercado / ninguno de nosotros podrá odiarte // como vos mismo te odiarás”.
Y hasta el final, Mario Benedetti nos ha regalado la cumbre de sus versos. Como ese “Testigo de uno mismo” que acaba de publicar Chus Visor hace tan solo dos meses. Versos en que va desgranando el diario de sus últimos años, sus años de soledad y de silencio. Años que terminan con la siguiente postdata: “No queda más que agregar / al menos encontré lo que buscaba / y si recuerdo alguna otra cosita / en todo caso agrego otra postada”.
Se nos ha ido Mario Benedetti. Ayer, 18 de mayo de 2009. La frase es corta, demasiado corta para poder albergar todo nuestro dolor. Se nos ha ido un buen hombre. Un excelente poeta.
Y el amor. El amor. Si ha habido un poeta del amor, del amor al que le mira frente a frente, ese ha sido y seguirá siendo Mario Benedetti. “No te quedes inmóvil / al borde del camino / no congeles el júbilo / no quieras con desgana / no te salves ahora / ni nunca / no te salves / no te llenes de calma / no reserves del mundo / sólo un rincón tranquilo / no dejes caer los párpados / pesados como juicios / no te quedes sin labios / no te duermas sin sueño / no te pienses sin sangre/ no te juzgues sin tiempo”. Y así apareció, en un recitado memorable en alemán, en la genial película de Eliseo Subiela, “El lado oscuro del corazón”, uno de los mejores intentos de aunar dos lenguajes literarios tan dispares como son el lírico y el cinematográfico. Putas y publicistas, enamorados y hasta la misma muerte que hablaban siguiendo el ritmo de versos de Benedetti, de Girondo, de Gelman. En un semáforo, espera una mujer con su niño en brazos y un hombre con una gabardina. Ella se dispone a pedir y él a cambiar versos por dinero: “Tengo una soledad / tan concurrida / tan llena de nostalgias/ y de rostros de vos / de adioses hace tiempo / y besos bienvenidos / de primeras de cambio / y de último vagón”…
Se nos ha ido Mario Benedetti. Se nos ha ido a sus 88 años. Sus pulmones han dejado de respirar, de pasar ese poco de aire necesario cada día. Se nos ha ido la voz y la denuncia de nuestro tiempo. En sus manos, la poesía se hacía portavoz de nuestro dolor y de nuestro sufrimiento, de nuestros gritos de angustia de un tiempo; sentencia de las injusticias y también de aquellas verdades ocultas, ya que Benedetti no se quedaba solo en denunciar la política, sino también a los “hombres de mala voluntad”: “Cuando volvés a la tarde como a un oasis / y tu mujer te espera linda y ávida / y cree en la provincia de tu silencio / que hace tiempo vendiste al enemigo // […] cuando todos te dejen en el living / a solas con tu húmedo bigote / y la mirada opaca como nunca / y el tocadiscos que se detiene solo // mejor lo pasarías si no tuvieras / en la retina y en los tímpanos / el rostro el puño el alarido / del muchachito de ojos claros // […] entonces pobre hombre de mala voluntad / ni siquiera juntando todo el odio / que quede disponible en el mercado / ninguno de nosotros podrá odiarte // como vos mismo te odiarás”.
Y hasta el final, Mario Benedetti nos ha regalado la cumbre de sus versos. Como ese “Testigo de uno mismo” que acaba de publicar Chus Visor hace tan solo dos meses. Versos en que va desgranando el diario de sus últimos años, sus años de soledad y de silencio. Años que terminan con la siguiente postdata: “No queda más que agregar / al menos encontré lo que buscaba / y si recuerdo alguna otra cosita / en todo caso agrego otra postada”.
Se nos ha ido Mario Benedetti. Ayer, 18 de mayo de 2009. La frase es corta, demasiado corta para poder albergar todo nuestro dolor. Se nos ha ido un buen hombre. Un excelente poeta.
La poesía
Hace tiempo se puso de moda una canción que decía “Malos tiempos para la lírica”. El grupo que la cantaba se llamaba “Golpes bajos” y la letra la había escrito el gran Coppini. Han pasado ya algunos años de aquella letra, de esa melodía, pero parece que ese “mal tiempo” se ha instalado en nuestras vidas, como si la prosa se hubiera alzado con el estandarte único de la literatura. Y este comparar géneros literarios, este dejar a la poesía en un lugar extremo, elitista, mientras la prosa se convierte en “única” voz de nuestro tiempo se ha convertido en un lugar común. A cualquier poeta al que le toque la fortuna de encontrarse ante un periodista (fortuna mala o buena como es siempre esta calva indecente), parece que tiene que poner cara de póquer cuando le preguntan: ¿y no has pensado alguna vez escribir una novela, un cuento? Como si la poesía fuera un divertimento, como si la poesía sólo fuera voz de unos pocos. Pero no siempre fue así… ¿a alguien se le ocurriría hacerle la misma pregunta a Federico García Lorca, que hasta su teatro es puro verso, incluso el escrito en prosa? ¿Y a Neruda? ¿Y acaso no son estos dos poetas, tan admirados entre ellos y tan diferentes en estilos y en intenciones, voz de una época, la de una España que veía venir la tormenta de una guerra y la de un continente que en el “Canto general” encontró la épica que no supieron escribir los poetas de los siglos anteriores? Pero es cierto que aquellos eran otros tiempos, otros tiempos gloriosos en que los grandes novelistas y narradores de aquellos maravillosos años treinta quedaban eclipsados por la fuerza y la valentía de unos jóvenes poetas a los que hemos llegado a conocer como la Generación del 27, que introdujeron en nuestro país aires y vendavales de modernidad y de genio.
Otros tiempos… pero quizás otros tiempos que los propios poetas nos hemos ido labrando a fuerza de versos y de zancadillas partidistas en los últimos años, esos en los que la distancia con el lector parece ser cada vez mayor. O así algunos lo ven, aunque seguramente no haya tiempo más propicio para la poesía que el actual; y seguramente no haya tiempo en que proliferen más los versos que el que no ha tocado vivir. Julio Santiago, magnífico poeta y animador cultural, manda todas las semanas una agenda poética… y no hay menos de diez actos a lo largo y ancho de Madrid. Imposible ir a todos, sin duda. Pero este es un buen termómetro de que hay muchas personas a las que le gusta y necesitan leer poesía… porque la poesía puede dar algo más, algo diferente a las historias que ofrecen las historias que se cuentan en prosa. Ya sea buena o mala prosa, porque todo hay en la viña del señor editorial, más en estos tiempos en que los novelistas –la mayoría de los novelistas- más se deben a sus “amos” mediáticos que a sus lectores, que a su obra, los únicos que deberían marcarles ritmos y temas. Pero ese es otro tema que ahora nos queda tan, tan, pero tan lejos.
A la poesía no se puede ir en busca de historias, de argumentos en que se presente a unos personajes, se les haga “vivir” a lo largo de cientos de páginas (o de versos) para luego desencadenar un final apoteósico –o anodino, como sucede en muchas novelas de éxito de nuestro tiempo. En la poesía hay un elemento particular, propio, lo que le confiere un nuevo lenguaje: el verso. El verso no son líneas que quedan sin terminar… es todo lo contrario. En un verso, en un simple verso, en sus sílabas perfectamente elegidas, en que el ritmo se convierte en un nuevo elemento esencial del lenguaje, puede decirse todo. O puede comenzar a decirse todo: “Tengo miedo a perder al maravilla / de tus ojos de estatua y el acento / que me pone de noche en la mejilla / la solitaria rosa de tu aliento”. Leer poesía es dejarse llevar por esos sonidos que, sin quererlo la sintaxis, ha unido “acento” y “aliento”… y “maravilla” y “mejilla” en una nueva descripción del amado. Y sin quererlo, la poesía nos levanta delante de los ojos imágenes hasta ahora no exploradas: ¿Ojos de estatua? Cada uno de los lectores saca de su particular universo de referencias una imagen. Y cada una de ellas es un verso. Y cada verso un nuevo texto. ¿Solitaria rosa de tu aliento? Y el aire se transforma en un manantial de aromas, de frescos aromas de flores… que embriaga, que enamora. A la poesía no podemos ir en busca de historias que nos lleven de la mano, que nos digan lo que en cada momento como lectores hemos de entender, de imaginar. Se nos obliga ser algo más que simples comensales en la mesa de la literatura: se nos presentan los manjares elaborados, hasta extremos geniales, y tenemos que estar dispuestos a dejarnos llevar por sus matices, que no son más que los nuestros, los de nuestra vida. A la poesía hay que venir con el estómago abierto y no buscando los sabores de siempre, esos que nos colocan en el menú diario de la prosa, de los periódicos, de la televisión. A cada momento, su plato. Y en el menú de la poesía el verso puede llegar a convertir una frase en un momento mágico, ese que se recuerda cada noche… “para no cerrar nunca los ojos sin haber mirado una vez más tus ojos”.
Otros tiempos… pero quizás otros tiempos que los propios poetas nos hemos ido labrando a fuerza de versos y de zancadillas partidistas en los últimos años, esos en los que la distancia con el lector parece ser cada vez mayor. O así algunos lo ven, aunque seguramente no haya tiempo más propicio para la poesía que el actual; y seguramente no haya tiempo en que proliferen más los versos que el que no ha tocado vivir. Julio Santiago, magnífico poeta y animador cultural, manda todas las semanas una agenda poética… y no hay menos de diez actos a lo largo y ancho de Madrid. Imposible ir a todos, sin duda. Pero este es un buen termómetro de que hay muchas personas a las que le gusta y necesitan leer poesía… porque la poesía puede dar algo más, algo diferente a las historias que ofrecen las historias que se cuentan en prosa. Ya sea buena o mala prosa, porque todo hay en la viña del señor editorial, más en estos tiempos en que los novelistas –la mayoría de los novelistas- más se deben a sus “amos” mediáticos que a sus lectores, que a su obra, los únicos que deberían marcarles ritmos y temas. Pero ese es otro tema que ahora nos queda tan, tan, pero tan lejos.
A la poesía no se puede ir en busca de historias, de argumentos en que se presente a unos personajes, se les haga “vivir” a lo largo de cientos de páginas (o de versos) para luego desencadenar un final apoteósico –o anodino, como sucede en muchas novelas de éxito de nuestro tiempo. En la poesía hay un elemento particular, propio, lo que le confiere un nuevo lenguaje: el verso. El verso no son líneas que quedan sin terminar… es todo lo contrario. En un verso, en un simple verso, en sus sílabas perfectamente elegidas, en que el ritmo se convierte en un nuevo elemento esencial del lenguaje, puede decirse todo. O puede comenzar a decirse todo: “Tengo miedo a perder al maravilla / de tus ojos de estatua y el acento / que me pone de noche en la mejilla / la solitaria rosa de tu aliento”. Leer poesía es dejarse llevar por esos sonidos que, sin quererlo la sintaxis, ha unido “acento” y “aliento”… y “maravilla” y “mejilla” en una nueva descripción del amado. Y sin quererlo, la poesía nos levanta delante de los ojos imágenes hasta ahora no exploradas: ¿Ojos de estatua? Cada uno de los lectores saca de su particular universo de referencias una imagen. Y cada una de ellas es un verso. Y cada verso un nuevo texto. ¿Solitaria rosa de tu aliento? Y el aire se transforma en un manantial de aromas, de frescos aromas de flores… que embriaga, que enamora. A la poesía no podemos ir en busca de historias que nos lleven de la mano, que nos digan lo que en cada momento como lectores hemos de entender, de imaginar. Se nos obliga ser algo más que simples comensales en la mesa de la literatura: se nos presentan los manjares elaborados, hasta extremos geniales, y tenemos que estar dispuestos a dejarnos llevar por sus matices, que no son más que los nuestros, los de nuestra vida. A la poesía hay que venir con el estómago abierto y no buscando los sabores de siempre, esos que nos colocan en el menú diario de la prosa, de los periódicos, de la televisión. A cada momento, su plato. Y en el menú de la poesía el verso puede llegar a convertir una frase en un momento mágico, ese que se recuerda cada noche… “para no cerrar nunca los ojos sin haber mirado una vez más tus ojos”.
Escritores en el aula
El Ministerio de Cultura mantiene desde hace años un programa que llama “Escritores en el aula”, que permite el acercamiento de los autores contemporáneos a las aulas de Bachillerato a lo largo y ancho de nuestra geografía. Un primer contacto en que dos realidades, la de la escritura y la de la primera lectura, pueden darse la mano. Lo cierto es que la perspectiva de colocarse ante la mirada inquisidora de decenas de alumnos entre 15 y 16 años, a quienes la literatura y la creación les importa más bien poca no se presenta como uno de los escenarios más agradables ni envidiables para pasar una mañana. Las pesadillas recorren la manta de los sueños y todo parece que seguirá el guión establecido del fracaso, de las risas. Me comentaron cuando estuve en el instituto cordobés de Cabra que el anterior escritor se había salido de la sala porque los chicos no le prestaban la atención que merecían sus versos y que todo había acabado con una bronca monumental y con silbidos. Y no me extraña. Aquí radica uno de los grandes retos del programa, que no siempre es bien entendido por los escritores que se acercan a los institutos pensando sólo en el dinero fácil que cobrarán después de “soportar” a unos adolescentes por unos minutos. El reto está en ser capaz de comunicar con ellos, de llevarles la literatura y la creación y hacerles vivos los libros durante una hora. A sus profesores les toca bregar todos los días para que retengan datos e ideas, para que sean capaces de expresar sus pensamientos, de convencer, de escribir adecuadamente; a ellos les toca luego evaluar sus conocimientos e intentar, en la medida de lo posible, que esta cultura no sea superficial, que le acompañe el resto de sus vidas, aunque sea un eco lejano, muy pocas veces perceptible. Ese es el trabajo del profesor, el duro trabajo del profesor que, al tiempo que enseña datos, también transmite ideas, formas de pensamiento, costumbres e ideales. Por eso en la enseñanza son tan importantes los medios –eses prometidos ordenadores en que algunos han creído ver el principio de la modernidad y del progreso- como los profesores que les dan sentido y conocimiento. Aprender no es sólo que le introduzcan a uno datos –como un chip en tantas ficciones- sino también el modo de hacerlo, los razonamientos que nos ayudan a recordarlos, a considerar que forman parte de nuestra vida, de la de ahora –aunque ellos no se darán cuenta- y la del futuro –cuando lo entiendan por fin. La labor de los escritores en el aula es otra, y la experiencia, de salir bien, es realmente enriquecedora.
Son muchos los jóvenes que escriben. Fuimos muchos cuando éramos jóvenes y lo siguen siendo. Muchos de ellos, son escritores ocasionales, escritores de un momento, de una tragedia, de un desamor; otros, los más, son escritores en la sombra, escritores que, por timidez, por miedo, por… callan y dejan sus obras escondidas en el frío de sus cajones o en el silencio de sus diarios. Son poemas, cuentos, notas, blogs que, en la mayoría de los casos, no pasan de la primera mudanza o se olvidan al final de algún cuaderno que con los años se tirará sin revisarlo, sin recordar que en sus páginas se dejaron grabados algunos de los versos más tristes que uno podía imaginar. Pero no siempre es así. Y ahí, delante del escritor que viene a hablarles, este escritor de carne y hueso y no el escritor de papel de las clases y de los libros de textos, uno se pregunta ¿cuántos hay que escriben? Y la pregunta no debe hacerse en alto, no debe ponerse en el centro de las miradas y de las burlas a aquellos que se ven como escritores, que se sueñan con que, al pasar los años, serán ellos los que irán a un instituto a hablar de su obra, de sus cuentos, de su poesía, de sus comienzos y de sus nuevos proyectos. Y ahí están, cien caras, doscientos ojos, todos situados en la parte final del salón de acto, dejando un abismo de silencio entre ellos y el escritor que ha venido a hablarles de poesía. Y comienza la presentación y las primeras bromas, como si fuera imposible mantener el silencio del aula. Y comienzo a hablar y les hablo de los inicios, de los recuerdos de cuando era como ellos, de los primeros textos publicados, de la necesidad de seguir buscando y experimentando, de comunicar, del gol de Messi y de la inspiración, de las apuestas literarias y de los nuevos proyectos; y mientras mi vida literaria va desgranándose antes sus ojos, les leo algunos poemas. Y se quedan callados porque, de pronto, se dan cuenta que los entienden, que ellos están ahí también. Como yo también estoy en los versos que ellos escriben. Y se crea un momento mágico, como un diálogo de escritores, de aprendices de escritores, que es lo que somos todos en realidad. Y preguntan. Y aplauden. Y se contestan. Y luego vienen y me cuentan lo que están escribiendo, que si lo las ideas que tienen me parecen adecuadas o no. Y les sonrío. Y me gustaría a mí preguntarles por todas mis dudas, porque ellos son adolescentes y se saben el posesión de la verdad. La suya y la de todos nosotros.
Son muchos los jóvenes que escriben. Fuimos muchos cuando éramos jóvenes y lo siguen siendo. Muchos de ellos, son escritores ocasionales, escritores de un momento, de una tragedia, de un desamor; otros, los más, son escritores en la sombra, escritores que, por timidez, por miedo, por… callan y dejan sus obras escondidas en el frío de sus cajones o en el silencio de sus diarios. Son poemas, cuentos, notas, blogs que, en la mayoría de los casos, no pasan de la primera mudanza o se olvidan al final de algún cuaderno que con los años se tirará sin revisarlo, sin recordar que en sus páginas se dejaron grabados algunos de los versos más tristes que uno podía imaginar. Pero no siempre es así. Y ahí, delante del escritor que viene a hablarles, este escritor de carne y hueso y no el escritor de papel de las clases y de los libros de textos, uno se pregunta ¿cuántos hay que escriben? Y la pregunta no debe hacerse en alto, no debe ponerse en el centro de las miradas y de las burlas a aquellos que se ven como escritores, que se sueñan con que, al pasar los años, serán ellos los que irán a un instituto a hablar de su obra, de sus cuentos, de su poesía, de sus comienzos y de sus nuevos proyectos. Y ahí están, cien caras, doscientos ojos, todos situados en la parte final del salón de acto, dejando un abismo de silencio entre ellos y el escritor que ha venido a hablarles de poesía. Y comienza la presentación y las primeras bromas, como si fuera imposible mantener el silencio del aula. Y comienzo a hablar y les hablo de los inicios, de los recuerdos de cuando era como ellos, de los primeros textos publicados, de la necesidad de seguir buscando y experimentando, de comunicar, del gol de Messi y de la inspiración, de las apuestas literarias y de los nuevos proyectos; y mientras mi vida literaria va desgranándose antes sus ojos, les leo algunos poemas. Y se quedan callados porque, de pronto, se dan cuenta que los entienden, que ellos están ahí también. Como yo también estoy en los versos que ellos escriben. Y se crea un momento mágico, como un diálogo de escritores, de aprendices de escritores, que es lo que somos todos en realidad. Y preguntan. Y aplauden. Y se contestan. Y luego vienen y me cuentan lo que están escribiendo, que si lo las ideas que tienen me parecen adecuadas o no. Y les sonrío. Y me gustaría a mí preguntarles por todas mis dudas, porque ellos son adolescentes y se saben el posesión de la verdad. La suya y la de todos nosotros.
La soledad de los números primos
La soledad parece que es un estado habitual en el ser humano. Animal de compañía, animal social, animal que necesita del otro para poder crear su hábitat, ese que ha terminado por querer dominar el mundo conocido –y también el que está más allá de nuestros sentidos físicos-, pero también animal que necesita de sus momentos de soledad, de esa conversación íntima con uno mismo, más allá de otras miradas, de otras preguntas, de otras caricias. La soledad como un remanso de paz y la soledad también como una tortura, como un pozo, como ese abismo del que es tan difícil salir con el paso de los años. Animales de costumbres, de eso no hay ninguna duda. Así somos los hombres y de esto nos gusta escribir y leer. Soledad de soledades, soledades de silencios y soledades también de gritos, que se pierden en las noches de luna llena. Soledad por sentirse diferente, único. Soledad por no encontrar ni voz ni labios que puedan transmitir nuestras sensaciones y sentimientos. Y parece tema manido, y tema que se aleja de nuestras horas actuales, estas que se van llenando de luz hacia el verano. Parece que el invierno es el tiempo propicio para la soledad, para encerrarnos en nosotros mismos con la excusa de las calles heladas y las caras escondidas bajo los sombreros y los gorros. El verano, la luz del verano parece que lo impregna todo de vida, de colores, de mil aromas. Malos tiempos para la soledad. Por estas razones, el libro de Paolo Giordano, “La soledad de los números primos” es una obra excepcional, una gran obra que sorprende desde varios aspectos.
El primero –y no lo dejo de escribir con una cierta envidia- es que el joven Giordano, de tan solo 26 años, haya sido capaz de dar a la imprenta una obra tan redonda, una obra de pulso firme, de estructura envolvente, que consigue que no queramos despegarnos de sus páginas mientras la historia se va desgranando delante de nuestros ojos. Una historia, aparentemente, sencilla, que narra las vivencias de dos personajes, Alice y Mattia, que por un acontecimiento en su infancia se han convertido en la mejor expresión de los números primos; en concreto de los números primeros gemelos: aquellos que permanecen en soledad matemática, pero próximos, ya que solo otro número par, se interpone entre ellos… como el 11 y el 13, el 17 y el 19 o el 41 y el 43. Y así son estos personajes… así es la historia, así son los momentos en que la vida les puso delante un reto y, a lo largo de las páginas y los capítulos, vamos viendo cómo hacen esfuerzos titánicos por superar su soledad, sobre todo cuando encuentran delante a un “primo gemelo”; pero todo es inútil. O así parece serlo. En “La soledad de los números primos” no sólo se coloca delante de nuestros ojos la historia de dos niños que, a medida que vamos pasando las páginas, van creciendo en la soledad, sino también cómo la vida se empeña en recordarnos que la soledad es también nuestro estado natural, quizás la más humana de nuestras actividades. Y ahí, tan interesantes son en el libro las vivencias, peripecias y pensamientos de Alice y Mattia, sus deseos de intentar ganarse un pedazo de vida, como los personajes que les rodean y que les recuerdan, página a página, que son “números primos”, que, aunque lo intenten, seguirán siendo los “raros”, los “únicos”, aquellos que no pueden relacionarse con nadie más. Y así sucede en el colegio, en los complicados años del Instituto y en los vergonzosos de la Universidad. Así les vemos crecer ante nuestros ojos. Atormentarnos con las mil perrerías que les hacen sufrir en sus años y alegrarnos con las escasas venganzas que la vida les permite. En el libro, su autor consigue también jugar con la posibilidad de que soñemos con que los maleficios de la vida pueden también trastocarse, que es posible, en una palabra, dejar de ser un “número primo”, que nada está realmente escrito… y con esta ilusión –no confesada, en realidad- seguimos leyendo y vamos sonriendo cuando se produce el primer encuentro entre Alice y Mattia, que presagia una nueva vida, y con esta ilusión el futuro parece que se llena de tintes más alegres y esperanzadores. Y así debe ser. La ilusión debe movernos a seguir levantándonos, a seguir compartiendo nuestros días con tantos otros números como los que conforman nuestro universo más cercano. Números a los que no sabemos poner apellidos, números que de pares pasan a primos en décimas de segundo. Magnífica novela esta “Soledad de los números primos” que habla de cada uno de nosotros ya que lo hace de la vida. De esas casualidades y de esos momentos mágicos que lo pueden cambiar todo… o no.
El primero –y no lo dejo de escribir con una cierta envidia- es que el joven Giordano, de tan solo 26 años, haya sido capaz de dar a la imprenta una obra tan redonda, una obra de pulso firme, de estructura envolvente, que consigue que no queramos despegarnos de sus páginas mientras la historia se va desgranando delante de nuestros ojos. Una historia, aparentemente, sencilla, que narra las vivencias de dos personajes, Alice y Mattia, que por un acontecimiento en su infancia se han convertido en la mejor expresión de los números primos; en concreto de los números primeros gemelos: aquellos que permanecen en soledad matemática, pero próximos, ya que solo otro número par, se interpone entre ellos… como el 11 y el 13, el 17 y el 19 o el 41 y el 43. Y así son estos personajes… así es la historia, así son los momentos en que la vida les puso delante un reto y, a lo largo de las páginas y los capítulos, vamos viendo cómo hacen esfuerzos titánicos por superar su soledad, sobre todo cuando encuentran delante a un “primo gemelo”; pero todo es inútil. O así parece serlo. En “La soledad de los números primos” no sólo se coloca delante de nuestros ojos la historia de dos niños que, a medida que vamos pasando las páginas, van creciendo en la soledad, sino también cómo la vida se empeña en recordarnos que la soledad es también nuestro estado natural, quizás la más humana de nuestras actividades. Y ahí, tan interesantes son en el libro las vivencias, peripecias y pensamientos de Alice y Mattia, sus deseos de intentar ganarse un pedazo de vida, como los personajes que les rodean y que les recuerdan, página a página, que son “números primos”, que, aunque lo intenten, seguirán siendo los “raros”, los “únicos”, aquellos que no pueden relacionarse con nadie más. Y así sucede en el colegio, en los complicados años del Instituto y en los vergonzosos de la Universidad. Así les vemos crecer ante nuestros ojos. Atormentarnos con las mil perrerías que les hacen sufrir en sus años y alegrarnos con las escasas venganzas que la vida les permite. En el libro, su autor consigue también jugar con la posibilidad de que soñemos con que los maleficios de la vida pueden también trastocarse, que es posible, en una palabra, dejar de ser un “número primo”, que nada está realmente escrito… y con esta ilusión –no confesada, en realidad- seguimos leyendo y vamos sonriendo cuando se produce el primer encuentro entre Alice y Mattia, que presagia una nueva vida, y con esta ilusión el futuro parece que se llena de tintes más alegres y esperanzadores. Y así debe ser. La ilusión debe movernos a seguir levantándonos, a seguir compartiendo nuestros días con tantos otros números como los que conforman nuestro universo más cercano. Números a los que no sabemos poner apellidos, números que de pares pasan a primos en décimas de segundo. Magnífica novela esta “Soledad de los números primos” que habla de cada uno de nosotros ya que lo hace de la vida. De esas casualidades y de esos momentos mágicos que lo pueden cambiar todo… o no.
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