sábado, 8 de mayo de 2010

La Real Biblioteca Pública, 1711

Hacía frío en Madrid. Aquel 29 de diciembre de 1711 hacía frío en Madrid. Ahí estaba el famoso viento de la sierra que venía a llenar de escarcha y de hielo las esquinas de las calles de Madrid, de un Madrid que todavía tenía abiertas las heridas de la reciente guerra de sucesión. Aún muchas casas permanecían cerradas y muchos eran los que no tenían ninguna esperanza puesta en el futuro. Era el momento de repensar el país, el momento de poner las bases a la nueva dinastía que se había alzado con el triunfo de las armas. Los Borbones necesitaban de todo el apoyo, de todas las ideas para convertirse en españoles, y Felipe V necesitaba, más que nunca, a sus confesores para seguir adelante en su gobierno. Y el padre Robinet, el tercer confesor que tenía el rey en suelo hispánico, había sabido jugar bien sus cartas y convertirse en uno de los bastones en los que se apoyaba el monarca para intentar caminar por los escombros en los que se había convertido ese imperio en que nunca se ponía el sol. Y lo había conseguido sin mucho esfuerzo: con buenas palabras, con consejos adecuados, con sonrisas y con su buen hacer y talante.

Hacía frío en Madrid y le daba pereza abandonar el calor de las sábanas, de las mantas que casi le ahogaban. Sacó un poco la cabeza y, con las primeras luces del amanecer que entraban por una ventana entreabierta, vio su pequeña habitación, los pocos muebles que la decoraban, el gran espejo del lateral, y su mesa de trabajo, con algunos papeles abiertos, las últimas noticias que le llegaban de Roma y el plan que había ideado para el futuro de la Real Biblioteca Pública. Cerró de nuevo los ojos y se regaló unos minutos dentro de la cama antes de salir al frío de la habitación, con el brasero a medio apagar. Cerró los ojos e intentó recordar todo lo que habían tenido que sufrir para que el rey diera el visto bueno para la creación de la Real Biblioteca Pública. Menos mal que tuvo el apoyo del Marqués de Villena, el bueno de Juan Manuel Fernández Pacheco, y de Melchor de Macanaz, al que apreciaba aunque en muchas ocasiones no compartía sus opiniones ni esa manera, algo despectiva, con que imponía sus opiniones, aupado en su inteligencia y oratoria. Pero habían sido sus compañeros de viajes y de sueñis y, sin ellos, seguramente ahora no habrían llegado a ese momento que le hacía tan feliz: esa mañana del 29 de diciembre de 1711, a pesar del frío de Madrid, el rey daría el visto bueno al plan que le había presentado para contar en España, por primera vez, con una gran biblioteca que destacara, desde un principio, por su carácter público. Una biblioteca que fuera la piedra angular sobre la que levantar de nuevo un imperio más allá de las armas, de los cañones, de las conquistas. Y sonrió. Y abrió de nuevo los ojos y la realidad se le impuso y decidió levantarse, llamar a sus criados para que le trajeran un humeante tazón de chocolate bien caliente y que le ayudaran a vestirse. No quería perder más tiempo. Quería ser de los primeros en llegar a palacio.


Mientras cruzaba las frías calles de Madrid en su carroza se calentaba con sus sueños. La biblioteca no tendría un mal comienzo, a los libros de la reina madre, con sus más de dos mil volúmenes que destacaban en 80 espléndidas estanterías, se le debían unir los ejemplares que compró el rey en Francia, así como donaciones, como la que él ya había pensado de parte de sus libros y algunas monedas… ya se imaginaba las salas llenas de libros, aunque todavía no tenía ni edificio; ya se imaginaba los elogios de tantos escritores, de tantos eruditos y amantes del libro que se acercarían a sus salas públicas. Porque este había sido uno de sus primeros campos de batalla, el único que le había movido y animado a seguir adelante: el carácter público de la nueva biblioteca frente a las particulares, generosas en fondos y parcas en visitantes. El modelo se había extendido en Europa a lo largo del siglo anterior… ¡ya era hora que llegara a España! Y sonrió, una vez más, en su carroza, porque se dio entonces cuenta que el rey al que le gustaba más jugar a las cartas que leer pasaría a la historia, entre otras cosas, por haber sido el fundador de la Real Biblioteca Pública. Y en esas carambolas del destino se dio cuenta de dónde sacaría el dinero para financiarla, una de sus grandes preocupaciones en los últimos tiempos: de los impuestos de las cartas. Debía trabajar sobre esa idea, que se había despertado en su cabeza, como ese Madrid helado que iba abriendo sus ventanas a medida que su carruaje llegaba a palacio. Suspiró al salir a la plaza, y se dio ánimos a sí mismo. Aquella mañana del 29 de diciembre de 1711 sería histórica. El final de todo un largo camino y el principio de una aventura que, ¿cuánto duraría?

Y mientras entraba en palacio, mientras pasaba por las salas hasta llegar al estudio del rey, donde se aprobaría su plan para crear la Real Biblioteca Pública, dejó su mente volar y se imaginó cómo sería su biblioteca doscientos años después… e incluso trescientos. Y se imaginó cómo sería su biblioteca en el año 2011. Y un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Cómo podría imaginarse una cosa así? Imposible. Pero lo que sí le gustaría, y por eso rezaría esa noche, que trescientos años después la Real Biblioteca siguiera siendo Pública e Independiente. Tan solo esas cosas. Y en ese momento, el padre Robinet se sintió el hombre más feliz del mundo y en ese momento tuvo la certeza que así sería, que así debería ser, a pesar de los avatares de la historia y de la política.

jueves, 6 de mayo de 2010

CAMBIO DE CATEGORÍA ADMINISTRATIVA DE LA BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA



Ante todo, queremos dar las gracias a todos aquellos que en diversos medios de comunicación y en distintos foros han mostrado su disconformidad al cambio producido en la estructura y en la categoría administrativa de la Biblioteca Nacional de España.

También la mayoría de los trabajadores de la Biblioteca Nacional de España consideramos que esta decisión nos devuelve a otros tiempos con distintos niveles de exigencia profesionales. Actualmente, el ejercicio eficaz de las tareas que se exigen a una Biblioteca Nacional requiere una velocidad de respuesta y una capacidad de gestión que parece difícil de conseguir con esta nueva estructura de Subdirección dependiente del Ministerio de Cultura y supondrá, evidentemente, una serie de ajustes, presupuestarios y organizativos, que difícilmente permitirán que continuemos con el alto nivel de rendimiento que estamos desarrollando.

La Biblioteca Nacional de España debería ser considerada como lo que es, una de las
principales instituciones culturales de nuestro país y, sin duda, tiene aún un largo camino para ocupar el lugar que le corresponde por sus fondos y su historia, pero no parece el mejor modo de conseguirlo la reducción de su categoría administrativa. Es evidente nuestra solidaridad con una sociedad con un alto nivel de paro y muchos de sus ciudadanos inmersos de lleno en una crisis muy importante, pero pensamos que la solución elegida para conseguir un ahorro cuestionable priva en realidad a los ciudadanos de un derecho irrenunciable, el derecho a su patrimonio y a unos servicios acordes con los tiempos y las necesidades actuales.

Más allá de valoraciones subjetivas de todo tipo, la pérdida del estatus de Dirección General es una realidad negativa incontestable, que no podemos ni debemos ignorar.

Los trabajadores de la Biblioteca Nacional de España

miércoles, 10 de marzo de 2010

Aurora Luque y José Ramón Trujillo

Después del éxito de la propuesta de “Poesía erótica” en el ciclo “Poesía en el Corral”, este miércoles contamos con todos los ingredientes necesarios para disfrutar en el Corral de Comedias de Alcalá de una noche poética única. Contamos con las propuestas escénicas de Elena Flys, una de las directoras más alabadas y creativas de nuestro joven panorama español, que es capaz de dar cuerpo teatral a los poemas, a la palabra poética rompiendo los límites de los lenguajes. Vídeos, proyecciones, actores que harán que los versos de Aurora Luque y de José Ramón Trujillo deambulen ante nuestros ojos multiplicando su capacidad de evocación y ensueño.

Y es que con Aurora Luque y con José Ramón Trujillo, con los poemas y las voces de Aurora Luque y de José Ramón Trujillo el éxito está garantizado. Dos poetas muy diferentes en su forma de enfrentarse al verso, en sus trayectorias poéticas, pero dos poetas a los que les une una misma pasión: los libros. Poesía que nace de la experiencia, poesía que toma cuerpo en el recuerdo de las lecturas, en los mitos del pasado que en sus versos vuelven a cobrar vida, una vida renovada, de largo alcance.

Aurora Luque es un volcán. Su acento andaluz y su paso firme la convierte en diana de todas las miradas. Aurora es una de esas mujeres que renueva, a cada paso, a cada verso, a cada mirada, el mito andaluz (si en realidad existe, a decir verdad). Y lo hace por la fuerza de su mirada, de su voz, de sus palabras y de sus versos. En la poesía de Aurora Luque se extiende la sábana de sus lecturas clásicas, de esos autores latinos y griegos a los que en tantas ocasiones se ha acercado, a los que admira y que renueva en cada una de sus obras: “Hisperiónida”, “Problemas de doblaje”, “Carpem noctem”, “Carpe mare”, “Camaradas de Ícaro”, “La siesta de Epicuro”… todos ellos galardonados con los premios poéticos más prestigiosos de nuestro país. Ahí están las lecturas, los títulos, pero también el deseo de renovarse en cada libro, en cada experiencia, de dejar atrás algunas de estas vivencias culturales para abrirse a nuevos mundos, nuevos lenguajes: “Ojalá los dioses / me abandonen. Todos. / Despertarme, de pronto, / desprovista de mapas, / limpia de certidumbres / añosas, despojada / de falacias y fábulas, / desnuda de pronombres / y atuendos de palabras/ -sobre todo. Ojalá / que los dioses, corteses, / todos me abandonen”. En la poesía de Aurora Luque se entrelazan, de una manera única en el panorama poético español, la experiencia personal –en muchos casos amorosa- y las lecturas, en una simbiosis que al lector le es muy difícil de dilucidar. Las lecturas como un medio de comprenderse que se convierten en textos que a su vez son lecturas con las que intentamos comprendernos nosotros mismos. Un círculo vicioso como el que nos regala en “Camaradas de Ícaro”: “Pondré mi oído en tu cuerpo. / Pondré mi verso en tu oído. / Pondré tu cuerpo en mi verso”. Uno de esos círculos que Aurora consigue romper con el estilete fino de la ironía: “Vendo roca de Sísifo, / añeja, bien lustrada, / llevadera, limada por los siglos, / pura roca de infierno. / Para tediosos y desesperados, / amantes de lo absurdo / o para culturistas metafísicos. / Almohadilla de pluma para el hombro / sin coste adicional”… o aquel otro que me fascina: “Revendo laberintos / usados, muy confusos. / Se garantiza pérdida total / por siete u ocho años. / Si no queda contento, “ reembolsamos el hilo de Ariadna”. Ni más ni menos. Así es la poesía de Aurora Luque: una poesía carnal, nacida del cuerpo y que se viste de galas en los oídos de las lecturas, para convertirse de nuevo en cuerpo, en un espléndido y sugerente cuerpo poético.

Con la poesía de José Ramón Trujillo nos adentramos en otras lecturas, en otros mitos, pero con la misma sensación de renovación y de resurrección poética. El pasado se despliega ante nuestros ojos y oídos, que son capaces de descubrir, de la mano del poeta, nuestro presente más actual. Poeta de obra alambicada, de la que tan solo nos ha regalado “El reino”, que fue accésit del premio Gil de Biedma en 2001, y un anticipo de su nuevo libro “Grial”, José Ramón Trujillo domina el verbo poético como pocos escritores actuales, ese verbo que es capaz de situarnos, en tan solo unos versos, en otra época, que no deja de ser la nuestra, como en su poema “Roncesvalles I”: “Pasan negros corceles sin jinete / que han perdido el rumbo entre la niebla. / Observan las montañas en silencio / el último estertor de la batalla. / pequeñas formas de hombre perpetúan / su cíclico ritual de sangre y odio. / Después, negros corceles por el valle / pasan libres un instante en la bruma / en busca de otros hombres y otras guerras”. Pero no cuadra bien la poesía de José Ramón Trujillo con esa corriente, ya poco transitada, de la “neo-épica”, que tuvo en la “Europa” de Julio Martínez Mesanza su mejor exponente. Como le sucedía a Aurora Luque, José Ramón Trujillo es un enamorado de la literatura, en este caso de la literatura artúrica medieval, de esos libros y novelas caballerescas a los que le dedica parte de su vida. Pero es una literatura que se confunde con sus venas, con su sangre, que traspasa los límites de la cultura para ser expresión de la vivencia: “¿A qué cantar? ¿A qué / interrogar el disco plano de la vida / si tan sólo nos es dada esta fugacidad, / este acechar el gesto huraño de las cosas? / Pero aún sin comprender. // ¿A qué seguir buscando? / ¿A qué está obstinación de la mirada si esta / claridad lo vuelve todo opaco, impenetrable, / si la piel de las cosas ofrece su blandura; / mas no su corazón?”.
Trío de ases en la manga es lo que nos hemos sacado para esta nueva entrega del ciclo “Poesía en el corral”, que va volviendo más poética nuestra ciudad un miércoles cada mes.

Los versos de Aurora Luque y José Ramón Trujillo, hechos carne en el espectáculo poético ideado por Elena Flys, se convertirán en recuerdo –literario, personal, artístico- al que volveremos en los próximos años. No permitas que te lo cuenten, que te pongan los dientes largos cuando alguien lo haya convertido en cuento literario dentro de unos días. El próximo miércoles, el Corral de Comedias te espera, como siempre, con sus brazos abiertos y el telón levantado para disfrutar de una tarde única de poesía.

jueves, 7 de enero de 2010

Enrique Herreros en Alcalá


El pasado 23 de diciembre se firmó el acuerdo de cesión de los dibujos y cuadros que el gran dibujante Enrique Herreros consagró a ilustrar el Quijote. La cercanía de las fechas navideñas han hecho pasar por alto esta importante noticia para nuestra ciudad, que se hace con un patrimonio único, de indiscutible valor artístico y cultural. Al menos, desde el resto de las instituciones que desde Alcalá de Henares nos dedicamos al estudio y la difusión de la obra cervantina, no ha tenido la repercusión y la difusión que quizás se merezca. En el mismo acto de la firma del acuerdo de cesión se anunció que el total de las 227 obras originales de Herreros que forman parte ya del patrimonio alcalaíno se darán a conocer en varias exposiciones en el Centro de Interpretación de los Universos de Cervantes. Ese será el momento de apreciar y de disfrutar de estas obras, que, en sí mismas, siguen guardando mil misterios, que aún la crítica y los especialistas no han conseguido responder, seguramente por falta de información y de conocimiento. 
   

Las 227 obras “quijotescas” de Enrique Herreros se dividen en tres series de ilustraciones bien diferentes: los 72 dibujos para la edición del Quijote que imprime Editora Nacional en 1964, para celebrar los 25 años de la “Paz Española”, y que fue publicada “bajo los auspicios de la Junta Interministerial, creada por Decreto del 26 de septiembre de 1963, para la conmemoración del XXV Aniversario de la Paz Española”. Edición monumental, en folio, en magnífico papel, que es imposible encontrar en el mercado. Se reeditó en 1966. Herreros, en su inconfundible estilo “cordocinesco”, en esa mirada humorística e irónica ante la realidad (dura) de aquellos tiempos, había comenzado a trabajar en una edición ilustrada de la obra cervantina en 1948, año en que fecha algunos de sus primeros dibujos. De 1960 se datan los últimos, y entre 1961 y 1963 realizó otros cinco dibujos de tema quijotesco, aunque no formen parte de esta serie. Sería muy interesante ver cuál fue el proceso creativo de la obra, qué episodios fue dibujando en primer lugar, si tenía o no alguna idea previa, un programa, ya que, a todas luces, se trata de un proyecto personal antes que de una imposición editorial. Ilustraciones del Quijote que primero se disfrutaron en dos exposiciones, en el Círculo de Bellas Artes (18 de mayo de 1948) y en el Ateneo de Madrid (17 de noviembre de 1950), ésta última patrocinada por la Dirección General de la Propaganda. No es casualidad que la Junta Interministerial recuperara esta magníficas imágenes para la edición del Quijotede 1964; imágenes y lectura que habían recibido todo tipo de elogios: “La exposición constituye un bello conjunto de estampas del Quijote, tanto de la primera como de la segunda parte del libro inmortal. Todas ellas están llena de gracia y de belleza, y el mayor acierto ha presidido la elección del autor al escoger los capítulos para las ilustraciones”. 
 
A esta primera serie, la más lúcida e interesante, le siguió en 1966 una nueva ilustración de la obra cervantina, que será conocida como “Quijote en blanco y negro o expresionista”, por los materiales utilizados (pluma y tinta china sobre cartulina), y por su intención. 100 magníficos dibujos que sólo han visto la luz años después, en la edición del Quijote, con prólogo de Francisco Umbral, que editó Edaf en 1999. Y por esta misma fechas, Herreros estaba enfrascado en una tercera serie de ilustraciones: “El Quijote cubista”, compuesta por 53 dibujos fechados entre 1965 y 1967, que también se publicarán no hace muchos años en una edición conjunta de Edaf y del Ayuntamiento de Madrid, terminada de imprimir en el 2002. No deja de ser curioso como por unos mismos años, Enrique Herreros parece estar obsesionado por entender y leer las aventuras quijotescas desde diferentes ángulos y perspectivas, con técnicas artísticas tan diversas; y cómo estas dos propuestas nuevas, más allá de la publicada en 1964, quedaran inéditas hasta épocas tan cercanas, y todo gracias al impulso y el deseo del hijo de Enrique Herreros. Tres lecturas curiosas, algunas de ellas con ciertas influencias que se han buscado tanto en Doré como en Goya o Velázquez, pero que muestran la genialidad de este gran dibujante español, que, gracias a la firma del acuerdo del pasado 23 de diciembre, ahora se ha vuelto un poco alcalaíno. Tres visiones que merecen ser vistas en su conjunto y no sólo en tres exposiciones independientes, ya que se trata de tres visiones realizadas en un mismo tiempo sobre un mismo sujeto, y sólo en su comparación uno descubre las mil miradas que Herreros nos ha regalado con su arte. Una publicación que dé cuenta y reproduzca, por primera vez, este magnífico tesoro alcalaíno, de las 227 ilustraciones que Herreros dedicara a ilustrar al Quijote, y de todos aquellos materiales quijotescos y cervantinos que fue realizando a lo largo de su vida, sería una buena manera de promocionar a Alcalá como Ciudad Europea de la Cultura en el 2016.

lunes, 21 de diciembre de 2009

La General Estoria de Alfonso X

Alrededor del año de 1270 debió comenzarse una de las empresas literarias más sorprendentes y fascinantes de nuestra Edad Media: la “Grande e general estoria”; empresa mandada compilar por un soberano que por su amor y defensa de las letras ha terminado por reconocerse en el tiempo como Alfonso X el Sabio. “Cuando Nuestro Señor Dios crió en el comienço el cielo y la tierra e todas las cosas que en ellos son, segund que lo cuenta Moisén, que fue santo e sabio, e otros muchos que acordaron con él, departiólo e fízolo todo en seis días d'esta guisa”... con estas palabras se comienza una gran obra, que en su plan inicial debía contar con seis libros que reunieran todo lo que en el siglo XIII se conocía del mundo desde el “Génesis” hasta el reinado del propio rey. En 1280 se culmina la redacción del cuarto libro, y los dos últimos no llegarán a terminarse (del sexto, en realidad, sólo se conservan borradores) y la empresa quedó inconclusa a la muerte del monarca español en 1284.



Pero a pesar de ser una obra que no llegó a terminarse, la “General Estoria” es piedra angular para poder entender nuestro pasado, la imagen y la visión que nuestros antepasados tenían de su tiempo y del tiempo anterior a ellos; una obra que se mueve en el principio cultural medieval de la compilación, en que todo el saber se organiza bajo un criterio estructural único -como la diversidad de la naturaleza, tan caótica en apariencia, esconde el principio unificador de la sabiduría divina-, que permite recoger el saber del pasado y proyectarlo hacia el futuro. Y esta gran obra, frente a lo que sucede en tantas compilaciones medievales, no utiliza el latín como lengua vehicular, sino el castellano, este castellano que le permitía a Alfonso X defender su “fecho del imperio”, ese deseo de ser emperador como miembro de la familia de los Staufen, por parte de su madre, la reina Beatriz de Suabia, y al que tuvo que renunciar en 1273. Gracias a la “General Estoria” mucho del saber de la Antigüedad, empezando por la Biblia, se volcó al castellano, y lo hizo en una lengua que cuida las formas y que se va enriqueciendo por tantas historias, por tantas culturas, por ese adaptar al mundo medieval, a los lectores medievales, los hechos del pasado más clásico, de los textos griegos y latinos, al tiempo que se dieron cita en esta obra fuentes árabes y judías. Un verdadero tesoro literario, que gozó de un cierto éxito -sobre todos las partes concluidas- que se aprecia en las decenas de códices medievales que han conservado sus distintos libros.

Pero hasta ahora, a pesar de su importancia en nuestra historia, de la grandeza de su prosa, de los comentarios tan entusiastas de todos los manuales y las historias de la literatura, a pesar de su trascendencia en la consolidación y expansión del castellano, de esta lengua que con Carlos V terminará siendo imperial, la “General Estoria” se había quedado sepultada en el olvido más indecente, en el más vergonzoso. Sólo se podía acceder al texto de las dos primeras partes en ediciones de los años 30 y de los años 60, y de algunas aportaciones más que interesantes de la tercera parte y de la cuarta, en épocas más recientes. La filología española, el conjunto de las ciencias humanísticas tenía una deuda con nuestro pasado, con nuestra historia, que hace unos meses se ha saldado, ya que se ha puesto a la venta, por primera vez, una edición rigurosa del conjunto de la obra alfonsí: diez tomos que dan cuenta de la riqueza de esta obra, de las dificultades filológicas a las que han tenido que enfrentarse y del magnífico resultado ofrecido. No me imagino a otra persona que al profesor de la Universidad de Alcalá, Pedro Sánchez-Prieto Borja para dirigir una empresa de este calibre y de esta envergadura. Y no me lo imagino primero por su conocimiento en este campo, del que mucho aprendí y disfruté en sus clases en la Universidad, una de las que recuerdo con más cariño y admiración; pero también por su pasión por la edición de textos y por la filología, por la pasión de entender nuestra profesión no como un medio para sacar provecho personal, sino como una verdadera ciencia al servicio de los demás. Y si Alfonso X contó con un magnífico equipo para la traducción y redacción de la “General Estoria”, lo mismo puede decirse de las personas que acompañan al profesor Sánchez-Prieto Borja en esta empresa tan digna de otros tiempos y de otras voluntades, como son Belén Almeida, Bautista Horcajada Diema, Carmen Fernández López, Verónica Gómez Ortiz, Raúl Orellana, sin olvidar a la recién nombrada académica Inés Fernández Ordóñez, que bajo el magisterio de Diego Catalán tanto orden han puesto en esta obra, tan poco leída como imprescindible en nuestra historia literaria.




En una “dedicatoria” al inicio de la obra, Juan Manuel Urgoiti, presidente del Patronato de la Fundación José Antonio de Castro, la editora de esta magna obra, califica que es un honor “dedicar a cuantas gentes aman la Historia y la Cultura de España”, la primera edición completa de la “General Estoria”; los que amamos y trabajamos sobre la Historia, la Cultura, la Literatura y la Lengua de España, hemos contraído con ellos una deuda eterna. Esta primera edición de la “General Estoria” debe publicitarse con palabras mayores, ya que se trata de un noticia de grande calado, que rescata uno de los tesoros literarios castellanos más citado y menos leído. Y desde Alcalá bien podemos estar orgullosos de que ha sido un profesor de nuestra Universidad quien haya sido capaz de liderar un equipo como el que ha hecho para llevar esta difícil empresa, en la que tantos han fracasado, a buen puerto.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La carta cerrada


Gustavo Martín Garzo va construyendo, libro a libro, una de las narrativas más interesantes y atractivas de las que se han escrito en español en los últimos tiempos. Desde su Valladolid eterna, esa que parece haberse convertido en una imagen de cine, Gustavo se deja llevar por la magia de las palabras y transita por un mundo personal que está al margen de las modas y de los modos, de los premios y de las prebendas. No hay en su obra un deseo de agradar, de convertirse en una columna de novedades en los grandes almacenes, pero para muchos un nuevo libro de Gustavo Martín Garzo es siempre un premio, un regalo, una sorpresa. Y así lo es esta última entrega de su obra: “La carta cerrada”, publicada en su “Biblioteca” dentro de la editorial Lumen (y no todos pueden decir lo mismo).

A Gustavo Martín Garzo le gusta mucho Alcalá, y Alcalá le sienta bien, sin duda. Se siente a gusto, como en casa. Y así tenemos la fortuna de haberle visto y oído en varias ocasiones, en encuentros, en tertulias, en recitales. Y a Gustavo Martín Garzo, frente a lo que sucede con otros escritores de su generación, da gusto escucharle. Tiene un tono de voz amable, que aumenta con una sonrisa que siempre le acompaña y le gusta hablar. Le gusta hablar mucho. Pero le gusta hablar porque tiene muchas cosas que decir no por el mero hecho de escucharse, de imponerse desde el vacío de sus palabras. Y una presentación de un libro con Gustavo pueden ser horas de charla porque es capaz de crear la ficción de que nos encontramos en el salón de su casa y que nos ha recibido en su hogar como un amigo más para hablar de todo y de nada, de esas charlas de confianza en que todo está por decir y casi todo está ya dicho, en que el cariño y el respeto acompañan cada opinión, sin querer ofender, sin querer imponer nada. Es un gusto leer a Gustavo Martín Garzo, leer cada una de sus apuestas literarias. Y es un gusto escucharle, un gusto escucharle hablando de su obra, de su tiempo de escritura, de sus dudas y tropiezos, de sus hallazgos y soluciones, que es la verdadera historia de cualquier libro. 


“La carta cerrada” es su última novela. Un peldaño más en este preguntarse y en esta búsqueda de las claves del vivir. Ni más ni menos. Quien busque una novela con una trama enrevesada, con efectos ya conocidos de intriga y de sorpresa escénica; una novela río en que los personajes se dejan llevar por la furia de la vida como el autor por su apoteosis de escritura, no es esta la novela que tiene que tener entre las manos. Nada de eso. “La carta cerrada” es mucho más que eso, es el relato de un itinerario, el relato de una vida, o de todas las vidas que tenemos dentro y de la vida que, al final, nos toca vivir. Es la historia de una lucha personal por adaptarnos a la realidad cuando la realidad se empeña en alejarnos de nuestros sueños, de esa vida que nos imaginamos siempre que es la nuestra cuando es la de nadie. Y esta es la historia de un hombre, de Daniel, que intenta poner orden a sus recuerdos... y de la voz de su madre, Ana, que nos va desgranando una vida, una vida verdadera, a la que nunca podía llegar el bisturí inocente de los recuerdos infantiles. La joven Ana, la joven que trabaja en la joyería de la familia que se queda deslumbrada por la gracia y el desparpajo de su futuro marido, que la enamora con un gesto y con el sueño de hacer realidad los sueños de las películas. Una tragedia familiar que llena de sombras una casa y el futuro de toda una familia. Y esas noches de lloros y esos días de ausencia. Y ese entrar en el hogar, con los cuadernos del colegio todavía calientes de promesas de sabiduría, y no entender nada. Y no saber nada. Y unos besos nocturnos. Y ese saberse fuera de lugar, ese estar en el campo cuando Ana siempre había sido una “mujer de ciudad”, ese saber que algo pasa y que nunca se llegará a comprender del todo. Pero a Martín Garzo no le interesan los misterios policiales y la tragedia familiar, esa que puede llegarnos a todos en el juego de los dados del destino; no le interesa la tragedia como explicación y final, sino como contexto y como pantalla. Es esta “carta cerrada” una reflexión sobre la vida, sobre la necesidad de contar siempre con otras vidas, de saber que soñamos una vida en la juventud que, casi nunca, ha de cumplirse, y que la vida no es más que adaptarse a las nuevas vidas que nos salen al paso, que se nos vienen encima. Una magnífica reflexión sobre nuestra vida desde dos posiciones bien diferentes, como es la de la mujer soñadora en un mundo hostil, y la de su hijo que, poco a poco, va poniendo orden en el puzzle de su vida. De sus recuerdos. “La carta cerrada” se abre ante nuestras manos literarias devolviéndonos el gusto por la lectura. Una novela que se mima, que se lee disfrutando de cada una de sus palabras, como un poema. No de otro modo es la magnífica prosa de Gustavo Martín Garzo.

lunes, 7 de diciembre de 2009

El Quijote de Rep

Es muy difícil precisar la edad de Rep, de quien es uno de los ilustradores más interesantes del actual panorama artístico de Argentina. Su físico y sus años se contradicen con su mirada y la niñez de sus gestos. Después de unos minutos de conversación, uno tiene la impresión de que, sin querer, se ha instalado en el patio de juegos de la infancia y que todo son gestos cotidianos, imprevisibles, divertidos, que el tiempo y el espacio no tienen límites y que todo es posible con tan solo pensarlo, desearlo, decirlo. Así es Rep, un niño grande que ha hecho de las ilustraciones una extensión de sus manos y de sus pensamientos.



Bien puedo decir que conocí a Rep antes de conocerlo. Lo conocí en Azul, la ciudad cervantina de la Argentina, en una exposición bibliográfica que había organizado Santiago, un joven de dieciséis años, en su instituto. Entre los dibujos de los niños, entre los poemas y escritos que habían llenado las paredes, entre los distintos ejemplares de ediciones del “Quijote” que habían traído sus compañeros para participar en la exposición, llamó mi atención un grueso volumen en blanco, con una figura estilizada de don Quijote, unas escasas líneas, como sacadas de la mano temblorosa de un niño disciplinado, que venían a dar forma -cuerpo y alma- a un mito. Me acerqué, me dejaron ver la edición, que no era más que la que se había ido regalando, semana tras semana, con el periódico Página 12, para conmemorar el cuarto centenario de la publicación de la genial obra cervantina. Y ahí me sorprendió la genialidad de un ilustrador que, a principios del siglo XXI, era capaz de ofrecer una nueva imagen, una nueva interpretación a uno de los imaginarios más completos y complejos que haya existido en nuestra cultura occidental, como es el universo de la ilustración del “Quijote”. Como suele suceder en la mítica ciudad de Azul, me volví de aquel viaje con un ejemplar de esta edición, que conservo como uno de los tesoros de mi biblioteca cervantina, y que siempre recomiendo si tengo la oportunidad. Y esta pasión me ha hecho comenzar con él una serie de entrevistas y análisis de modernos ilustradores del “Quijote”, aquellos que han aportado algo a la rica iconografía cervantina, que hasta 1905 está accesible a todos en el “Banco de imágenes del Quijote” del Centro de Estudios Cervantinos.
Ilustrar el “Quijote”, imaginar los personajes cervantinos en el siglo XVII fue una empresa ardua y no exenta de problemas y de dudas. El imaginario caballeresco -sobre todo, el imperante en las fiestas cortesanas a lo largo y ancho de toda Europa-, fue el modelo sobre el que se idearon las primeras imágenes quijotescas, como se aprecia en la representación del “Caballero de la Triste Figura” y de otros tantos personajes cervantinos en el desfile celebrado en la ciudad alemana de Dessau e impreso en Leipzig en 1614. Pero si complejo y apasionante fue la consolidación de un imaginario propio para las aventuras quijotescas en el siglo XVII, no deja de ser complicado -y en muchos casos decepcionante- intentar ilustrar el “Quijote” en el siglo XXI, con las espaldas cubiertas por tantas imágenes, por un mito que ha traspasado fronteras y tiempos, que ha conseguido difundirse a lomos de algunos de sus símbolos más reconocibles: delgadez, caballo flaco, bacía, molino de viento... Por eso, encontrarse ante una nueva interpretación en imágenes de la obra cervantina, una nueva visión que te haga reflexionar sobre nuestro tiempo no deja de ser digno de todo elogio, como así sucede con la espléndida (y agotada) edición ilustrada que Rep regaló a los lectores argentinos a lo largo y ancho del 2005.



Una edición que fue tomando cuerpo al tiempo que los lectores iban leyendo los capítulos anteriores. Semana a semana, Rep fue dando forma a su lectura de los capítulos del “Quijote”, ensayando técnicas, al tiempo que le llegaban los comentarios de aquellos que iban leyendo sus páginas ilustradas; no conozco un reto semejante, una forma igual de ilustración, ya que, en el resto de los casos, se saca a la plaza pública de las opiniones un trabajo cuando se ha completado, aunque se vendan por fascículos, aunque se dilate su entrega en el tiempo. Magnífico “Quijote” ilustrado el de Rep, que rescata momentos e imaginarios particulares, en que don Quijote se ha transformado casi en una línea mientras que Sancho se desborda en las redondeces de su humanidad. Un “Quijote” del siglo XXI, una propuesta nueva a un texto antiguo, que nunca ha dejado -ni dejará- de ser moderno.