Alrededor del año de 1270 debió comenzarse una de las empresas literarias más sorprendentes y fascinantes de nuestra Edad Media: la “Grande e general estoria”; empresa mandada compilar por un soberano que por su amor y defensa de las letras ha terminado por reconocerse en el tiempo como Alfonso X el Sabio. “Cuando Nuestro Señor Dios crió en el comienço el cielo y la tierra e todas las cosas que en ellos son, segund que lo cuenta Moisén, que fue santo e sabio, e otros muchos que acordaron con él, departiólo e fízolo todo en seis días d'esta guisa”... con estas palabras se comienza una gran obra, que en su plan inicial debía contar con seis libros que reunieran todo lo que en el siglo XIII se conocía del mundo desde el “Génesis” hasta el reinado del propio rey. En 1280 se culmina la redacción del cuarto libro, y los dos últimos no llegarán a terminarse (del sexto, en realidad, sólo se conservan borradores) y la empresa quedó inconclusa a la muerte del monarca español en 1284.
Pero a pesar de ser una obra que no llegó a terminarse, la “General Estoria” es piedra angular para poder entender nuestro pasado, la imagen y la visión que nuestros antepasados tenían de su tiempo y del tiempo anterior a ellos; una obra que se mueve en el principio cultural medieval de la compilación, en que todo el saber se organiza bajo un criterio estructural único -como la diversidad de la naturaleza, tan caótica en apariencia, esconde el principio unificador de la sabiduría divina-, que permite recoger el saber del pasado y proyectarlo hacia el futuro. Y esta gran obra, frente a lo que sucede en tantas compilaciones medievales, no utiliza el latín como lengua vehicular, sino el castellano, este castellano que le permitía a Alfonso X defender su “fecho del imperio”, ese deseo de ser emperador como miembro de la familia de los Staufen, por parte de su madre, la reina Beatriz de Suabia, y al que tuvo que renunciar en 1273. Gracias a la “General Estoria” mucho del saber de la Antigüedad, empezando por la Biblia, se volcó al castellano, y lo hizo en una lengua que cuida las formas y que se va enriqueciendo por tantas historias, por tantas culturas, por ese adaptar al mundo medieval, a los lectores medievales, los hechos del pasado más clásico, de los textos griegos y latinos, al tiempo que se dieron cita en esta obra fuentes árabes y judías. Un verdadero tesoro literario, que gozó de un cierto éxito -sobre todos las partes concluidas- que se aprecia en las decenas de códices medievales que han conservado sus distintos libros.
Pero hasta ahora, a pesar de su importancia en nuestra historia, de la grandeza de su prosa, de los comentarios tan entusiastas de todos los manuales y las historias de la literatura, a pesar de su trascendencia en la consolidación y expansión del castellano, de esta lengua que con Carlos V terminará siendo imperial, la “General Estoria” se había quedado sepultada en el olvido más indecente, en el más vergonzoso. Sólo se podía acceder al texto de las dos primeras partes en ediciones de los años 30 y de los años 60, y de algunas aportaciones más que interesantes de la tercera parte y de la cuarta, en épocas más recientes. La filología española, el conjunto de las ciencias humanísticas tenía una deuda con nuestro pasado, con nuestra historia, que hace unos meses se ha saldado, ya que se ha puesto a la venta, por primera vez, una edición rigurosa del conjunto de la obra alfonsí: diez tomos que dan cuenta de la riqueza de esta obra, de las dificultades filológicas a las que han tenido que enfrentarse y del magnífico resultado ofrecido. No me imagino a otra persona que al profesor de la Universidad de Alcalá, Pedro Sánchez-Prieto Borja para dirigir una empresa de este calibre y de esta envergadura. Y no me lo imagino primero por su conocimiento en este campo, del que mucho aprendí y disfruté en sus clases en la Universidad, una de las que recuerdo con más cariño y admiración; pero también por su pasión por la edición de textos y por la filología, por la pasión de entender nuestra profesión no como un medio para sacar provecho personal, sino como una verdadera ciencia al servicio de los demás. Y si Alfonso X contó con un magnífico equipo para la traducción y redacción de la “General Estoria”, lo mismo puede decirse de las personas que acompañan al profesor Sánchez-Prieto Borja en esta empresa tan digna de otros tiempos y de otras voluntades, como son Belén Almeida, Bautista Horcajada Diema, Carmen Fernández López, Verónica Gómez Ortiz, Raúl Orellana, sin olvidar a la recién nombrada académica Inés Fernández Ordóñez, que bajo el magisterio de Diego Catalán tanto orden han puesto en esta obra, tan poco leída como imprescindible en nuestra historia literaria.
En una “dedicatoria” al inicio de la obra, Juan Manuel Urgoiti, presidente del Patronato de la Fundación José Antonio de Castro, la editora de esta magna obra, califica que es un honor “dedicar a cuantas gentes aman la Historia y la Cultura de España”, la primera edición completa de la “General Estoria”; los que amamos y trabajamos sobre la Historia, la Cultura, la Literatura y la Lengua de España, hemos contraído con ellos una deuda eterna. Esta primera edición de la “General Estoria” debe publicitarse con palabras mayores, ya que se trata de un noticia de grande calado, que rescata uno de los tesoros literarios castellanos más citado y menos leído. Y desde Alcalá bien podemos estar orgullosos de que ha sido un profesor de nuestra Universidad quien haya sido capaz de liderar un equipo como el que ha hecho para llevar esta difícil empresa, en la que tantos han fracasado, a buen puerto.
lunes, 21 de diciembre de 2009
lunes, 14 de diciembre de 2009
La carta cerrada
Gustavo Martín Garzo va construyendo, libro a libro, una de las narrativas más interesantes y atractivas de las que se han escrito en español en los últimos tiempos. Desde su Valladolid eterna, esa que parece haberse convertido en una imagen de cine, Gustavo se deja llevar por la magia de las palabras y transita por un mundo personal que está al margen de las modas y de los modos, de los premios y de las prebendas. No hay en su obra un deseo de agradar, de convertirse en una columna de novedades en los grandes almacenes, pero para muchos un nuevo libro de Gustavo Martín Garzo es siempre un premio, un regalo, una sorpresa. Y así lo es esta última entrega de su obra: “La carta cerrada”, publicada en su “Biblioteca” dentro de la editorial Lumen (y no todos pueden decir lo mismo).
A Gustavo Martín Garzo le gusta mucho Alcalá, y Alcalá le sienta bien, sin duda. Se siente a gusto, como en casa. Y así tenemos la fortuna de haberle visto y oído en varias ocasiones, en encuentros, en tertulias, en recitales. Y a Gustavo Martín Garzo, frente a lo que sucede con otros escritores de su generación, da gusto escucharle. Tiene un tono de voz amable, que aumenta con una sonrisa que siempre le acompaña y le gusta hablar. Le gusta hablar mucho. Pero le gusta hablar porque tiene muchas cosas que decir no por el mero hecho de escucharse, de imponerse desde el vacío de sus palabras. Y una presentación de un libro con Gustavo pueden ser horas de charla porque es capaz de crear la ficción de que nos encontramos en el salón de su casa y que nos ha recibido en su hogar como un amigo más para hablar de todo y de nada, de esas charlas de confianza en que todo está por decir y casi todo está ya dicho, en que el cariño y el respeto acompañan cada opinión, sin querer ofender, sin querer imponer nada. Es un gusto leer a Gustavo Martín Garzo, leer cada una de sus apuestas literarias. Y es un gusto escucharle, un gusto escucharle hablando de su obra, de su tiempo de escritura, de sus dudas y tropiezos, de sus hallazgos y soluciones, que es la verdadera historia de cualquier libro.
“La carta cerrada” es su última novela. Un peldaño más en este preguntarse y en esta búsqueda de las claves del vivir. Ni más ni menos. Quien busque una novela con una trama enrevesada, con efectos ya conocidos de intriga y de sorpresa escénica; una novela río en que los personajes se dejan llevar por la furia de la vida como el autor por su apoteosis de escritura, no es esta la novela que tiene que tener entre las manos. Nada de eso. “La carta cerrada” es mucho más que eso, es el relato de un itinerario, el relato de una vida, o de todas las vidas que tenemos dentro y de la vida que, al final, nos toca vivir. Es la historia de una lucha personal por adaptarnos a la realidad cuando la realidad se empeña en alejarnos de nuestros sueños, de esa vida que nos imaginamos siempre que es la nuestra cuando es la de nadie. Y esta es la historia de un hombre, de Daniel, que intenta poner orden a sus recuerdos... y de la voz de su madre, Ana, que nos va desgranando una vida, una vida verdadera, a la que nunca podía llegar el bisturí inocente de los recuerdos infantiles. La joven Ana, la joven que trabaja en la joyería de la familia que se queda deslumbrada por la gracia y el desparpajo de su futuro marido, que la enamora con un gesto y con el sueño de hacer realidad los sueños de las películas. Una tragedia familiar que llena de sombras una casa y el futuro de toda una familia. Y esas noches de lloros y esos días de ausencia. Y ese entrar en el hogar, con los cuadernos del colegio todavía calientes de promesas de sabiduría, y no entender nada. Y no saber nada. Y unos besos nocturnos. Y ese saberse fuera de lugar, ese estar en el campo cuando Ana siempre había sido una “mujer de ciudad”, ese saber que algo pasa y que nunca se llegará a comprender del todo. Pero a Martín Garzo no le interesan los misterios policiales y la tragedia familiar, esa que puede llegarnos a todos en el juego de los dados del destino; no le interesa la tragedia como explicación y final, sino como contexto y como pantalla. Es esta “carta cerrada” una reflexión sobre la vida, sobre la necesidad de contar siempre con otras vidas, de saber que soñamos una vida en la juventud que, casi nunca, ha de cumplirse, y que la vida no es más que adaptarse a las nuevas vidas que nos salen al paso, que se nos vienen encima. Una magnífica reflexión sobre nuestra vida desde dos posiciones bien diferentes, como es la de la mujer soñadora en un mundo hostil, y la de su hijo que, poco a poco, va poniendo orden en el puzzle de su vida. De sus recuerdos. “La carta cerrada” se abre ante nuestras manos literarias devolviéndonos el gusto por la lectura. Una novela que se mima, que se lee disfrutando de cada una de sus palabras, como un poema. No de otro modo es la magnífica prosa de Gustavo Martín Garzo.
lunes, 7 de diciembre de 2009
El Quijote de Rep
Es muy difícil precisar la edad de Rep, de quien es uno de los ilustradores más interesantes del actual panorama artístico de Argentina. Su físico y sus años se contradicen con su mirada y la niñez de sus gestos. Después de unos minutos de conversación, uno tiene la impresión de que, sin querer, se ha instalado en el patio de juegos de la infancia y que todo son gestos cotidianos, imprevisibles, divertidos, que el tiempo y el espacio no tienen límites y que todo es posible con tan solo pensarlo, desearlo, decirlo. Así es Rep, un niño grande que ha hecho de las ilustraciones una extensión de sus manos y de sus pensamientos.
Bien puedo decir que conocí a Rep antes de conocerlo. Lo conocí en Azul, la ciudad cervantina de la Argentina, en una exposición bibliográfica que había organizado Santiago, un joven de dieciséis años, en su instituto. Entre los dibujos de los niños, entre los poemas y escritos que habían llenado las paredes, entre los distintos ejemplares de ediciones del “Quijote” que habían traído sus compañeros para participar en la exposición, llamó mi atención un grueso volumen en blanco, con una figura estilizada de don Quijote, unas escasas líneas, como sacadas de la mano temblorosa de un niño disciplinado, que venían a dar forma -cuerpo y alma- a un mito. Me acerqué, me dejaron ver la edición, que no era más que la que se había ido regalando, semana tras semana, con el periódico Página 12, para conmemorar el cuarto centenario de la publicación de la genial obra cervantina. Y ahí me sorprendió la genialidad de un ilustrador que, a principios del siglo XXI, era capaz de ofrecer una nueva imagen, una nueva interpretación a uno de los imaginarios más completos y complejos que haya existido en nuestra cultura occidental, como es el universo de la ilustración del “Quijote”. Como suele suceder en la mítica ciudad de Azul, me volví de aquel viaje con un ejemplar de esta edición, que conservo como uno de los tesoros de mi biblioteca cervantina, y que siempre recomiendo si tengo la oportunidad. Y esta pasión me ha hecho comenzar con él una serie de entrevistas y análisis de modernos ilustradores del “Quijote”, aquellos que han aportado algo a la rica iconografía cervantina, que hasta 1905 está accesible a todos en el “Banco de imágenes del Quijote” del Centro de Estudios Cervantinos.
Ilustrar el “Quijote”, imaginar los personajes cervantinos en el siglo XVII fue una empresa ardua y no exenta de problemas y de dudas. El imaginario caballeresco -sobre todo, el imperante en las fiestas cortesanas a lo largo y ancho de toda Europa-, fue el modelo sobre el que se idearon las primeras imágenes quijotescas, como se aprecia en la representación del “Caballero de la Triste Figura” y de otros tantos personajes cervantinos en el desfile celebrado en la ciudad alemana de Dessau e impreso en Leipzig en 1614. Pero si complejo y apasionante fue la consolidación de un imaginario propio para las aventuras quijotescas en el siglo XVII, no deja de ser complicado -y en muchos casos decepcionante- intentar ilustrar el “Quijote” en el siglo XXI, con las espaldas cubiertas por tantas imágenes, por un mito que ha traspasado fronteras y tiempos, que ha conseguido difundirse a lomos de algunos de sus símbolos más reconocibles: delgadez, caballo flaco, bacía, molino de viento... Por eso, encontrarse ante una nueva interpretación en imágenes de la obra cervantina, una nueva visión que te haga reflexionar sobre nuestro tiempo no deja de ser digno de todo elogio, como así sucede con la espléndida (y agotada) edición ilustrada que Rep regaló a los lectores argentinos a lo largo y ancho del 2005.
Una edición que fue tomando cuerpo al tiempo que los lectores iban leyendo los capítulos anteriores. Semana a semana, Rep fue dando forma a su lectura de los capítulos del “Quijote”, ensayando técnicas, al tiempo que le llegaban los comentarios de aquellos que iban leyendo sus páginas ilustradas; no conozco un reto semejante, una forma igual de ilustración, ya que, en el resto de los casos, se saca a la plaza pública de las opiniones un trabajo cuando se ha completado, aunque se vendan por fascículos, aunque se dilate su entrega en el tiempo. Magnífico “Quijote” ilustrado el de Rep, que rescata momentos e imaginarios particulares, en que don Quijote se ha transformado casi en una línea mientras que Sancho se desborda en las redondeces de su humanidad. Un “Quijote” del siglo XXI, una propuesta nueva a un texto antiguo, que nunca ha dejado -ni dejará- de ser moderno.
Bien puedo decir que conocí a Rep antes de conocerlo. Lo conocí en Azul, la ciudad cervantina de la Argentina, en una exposición bibliográfica que había organizado Santiago, un joven de dieciséis años, en su instituto. Entre los dibujos de los niños, entre los poemas y escritos que habían llenado las paredes, entre los distintos ejemplares de ediciones del “Quijote” que habían traído sus compañeros para participar en la exposición, llamó mi atención un grueso volumen en blanco, con una figura estilizada de don Quijote, unas escasas líneas, como sacadas de la mano temblorosa de un niño disciplinado, que venían a dar forma -cuerpo y alma- a un mito. Me acerqué, me dejaron ver la edición, que no era más que la que se había ido regalando, semana tras semana, con el periódico Página 12, para conmemorar el cuarto centenario de la publicación de la genial obra cervantina. Y ahí me sorprendió la genialidad de un ilustrador que, a principios del siglo XXI, era capaz de ofrecer una nueva imagen, una nueva interpretación a uno de los imaginarios más completos y complejos que haya existido en nuestra cultura occidental, como es el universo de la ilustración del “Quijote”. Como suele suceder en la mítica ciudad de Azul, me volví de aquel viaje con un ejemplar de esta edición, que conservo como uno de los tesoros de mi biblioteca cervantina, y que siempre recomiendo si tengo la oportunidad. Y esta pasión me ha hecho comenzar con él una serie de entrevistas y análisis de modernos ilustradores del “Quijote”, aquellos que han aportado algo a la rica iconografía cervantina, que hasta 1905 está accesible a todos en el “Banco de imágenes del Quijote” del Centro de Estudios Cervantinos.
Ilustrar el “Quijote”, imaginar los personajes cervantinos en el siglo XVII fue una empresa ardua y no exenta de problemas y de dudas. El imaginario caballeresco -sobre todo, el imperante en las fiestas cortesanas a lo largo y ancho de toda Europa-, fue el modelo sobre el que se idearon las primeras imágenes quijotescas, como se aprecia en la representación del “Caballero de la Triste Figura” y de otros tantos personajes cervantinos en el desfile celebrado en la ciudad alemana de Dessau e impreso en Leipzig en 1614. Pero si complejo y apasionante fue la consolidación de un imaginario propio para las aventuras quijotescas en el siglo XVII, no deja de ser complicado -y en muchos casos decepcionante- intentar ilustrar el “Quijote” en el siglo XXI, con las espaldas cubiertas por tantas imágenes, por un mito que ha traspasado fronteras y tiempos, que ha conseguido difundirse a lomos de algunos de sus símbolos más reconocibles: delgadez, caballo flaco, bacía, molino de viento... Por eso, encontrarse ante una nueva interpretación en imágenes de la obra cervantina, una nueva visión que te haga reflexionar sobre nuestro tiempo no deja de ser digno de todo elogio, como así sucede con la espléndida (y agotada) edición ilustrada que Rep regaló a los lectores argentinos a lo largo y ancho del 2005.
Una edición que fue tomando cuerpo al tiempo que los lectores iban leyendo los capítulos anteriores. Semana a semana, Rep fue dando forma a su lectura de los capítulos del “Quijote”, ensayando técnicas, al tiempo que le llegaban los comentarios de aquellos que iban leyendo sus páginas ilustradas; no conozco un reto semejante, una forma igual de ilustración, ya que, en el resto de los casos, se saca a la plaza pública de las opiniones un trabajo cuando se ha completado, aunque se vendan por fascículos, aunque se dilate su entrega en el tiempo. Magnífico “Quijote” ilustrado el de Rep, que rescata momentos e imaginarios particulares, en que don Quijote se ha transformado casi en una línea mientras que Sancho se desborda en las redondeces de su humanidad. Un “Quijote” del siglo XXI, una propuesta nueva a un texto antiguo, que nunca ha dejado -ni dejará- de ser moderno.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Cine y literatura
Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una película, que la sala de un cine no se convertía en ese lugar mágico en que cientos de personas conectan sus emociones a partir de unas imágenes en una pantalla. Siempre se habla de la magia de la pantalla, de las butacas, de ver las películas en ese local cerrado, oscuro... para mí la magia del cine está en ese saberse parte de algo más que te supera, que está por encima de ti. Tú ves la película pero también ves la reacción de los demás. Y es realmente mágico cuando todo un cine, cuando todos los que hemos pagado un dinero para ver una película conectamos en un mismo segundo de asombro, de lágrimas, de risas, de emociones. Así me ha sucedido con “El secreto de sus ojos” de Campanella. Así me sucedió en su momento con “El silencio de los corderos”. Me acuerdo cómo en un momento dado dejé de mirar la pantalla y me volví para ver el patio de butacas, y allí estábamos todos ensayando el mismo gesto de horror, de sorpresa... Y lo mismo me ha sucedido con esta última obra maestra de Juan José Campanella. Como a muchos españoles este nombre comenzó a sonarnos con una brillante película “El hijo de la novia”. De esta película sublime, en que un magnífico guión se conjugaba con unos actores que te hacían tocar la historia, respirar sus propias emociones, recuerdo sobre todo una escena; una escena que me devuelve la magia del cine, ese que se piensa en la perfecta conjunción de imagen y de texto, más allá de los fuegos de artificio de los decorados, de los efectos especiales, esos que quieren hacernos creer que es “verdad” aquello que nos están contando, cuando en realidad vamos al cine, nos adentramos en la ficción para que nos cuenten “mentiras”, hermosas o tristes mentiras. La escena que recuerdo de “El hijo de la novia” es una imagen en primer plano de Héctor Alterio que cuenta a su hijo, sin que en ningún momento se le vea, cómo su madre hacía del restaurante una fiesta con sólo su presencia, cómo era capaz de recibir a los clientes con las palabras y la sonrisa justa, cómo les hacía sentirse únicos, y cómo él se enamoraba de ella a cada instante, cómo renovaba su amor, su inmenso amor con sólo un gesto de ella, un cruzarse las miradas en este baile diario de cotidianidad. Una única imagen: un primer plano del actor, y su voz, una voz que destilaba amor y verdad. No hacía falta más. Magia en estado puro.
Y así sucede también con “El secreto de sus ojos”, una historia que son muchas historias como también una vida, inevitablemente, son muchas vidas. Nosotros somos lo que vivimos, lo que añoramos, lo que sentimos y lo que anhelamos. Así en la historia que nos cuenta Campanella está una de las épocas más trágicas y sangrientas de la historia de Argentina; pero también están las barreras del amor y un amor que no quiere vivir en las fronteras; está la mezquindad y la maldad humana, está la justicia y está la sorpresa; están las dobles caras de todos nosotros, de este ser humano que es capaz de componer la melodía más hermosa y luego utilizarla para colocarla de música de fondo de un asesinato. “El secreto de sus ojos” se adentra, como un bisturí bien afilado, bien genial, en la reciente historia argentina, pero es una historia universal. Perdemos algunos referentes -los barrios en los que se mueve la historia, las provincias a las que tienen que huir algunos de ellos, los actores que encarnan algunos personajes, muy conocidos en otros registros-, pero no importa: la historia que cuenta es universal. Y se disfruta tanto aquí como allí. Y nos hace pensar y sentir tanto allí como aquí.
Tanto me gustó la película, tanto me impresionó cuando la vi que no he podido de dejar de comprar el libro en que está basada: la novela de Eduardo Sacheri, “La pregunta de sus ojos”. Un libro magnífico, que he devorado con la misma pasión con que me dejé arrastrar por las imágenes de la película; una película cuyo guión han escrito tanto el director como el autor del libro. Y me ha resultado un ejercicio muy curioso porque, siguiendo la misma traza de la historia, siguiendo algunos de sus elementos narrativos esenciales -la historia no se cuenta en tiempo real sino desde un presente que recuerda el pasado en una novela, que se alterna con las propias reflexiones del autor en su momento, que hace balance de su propia vida-, lo cierto es que se han cambiado algunos elementos esenciales en la misma; algunos elementos que funcionan en el lenguaje de ficción de la novela pero que no lo hacen así en el lenguaje de ficción del cine. La novela de Sacheri vienen a ser los capítulos que el prosecretario Benjamín Chaparro escribe para recordar uno de los casos que tuvo que vivir en su Juzgado y que le cambió la vida, junto con las reflexiones del propio acto de escritura y su pasión no expresada por Irene; en el cine se ha potenciado este último elemento olvidando el primero, que no funcionaría; y este cambio ha llevado consigo otro más importante: la mayor presencia de Irene en la historia, para así tener sentido ese “secreto de sus ojos”. Están muy bien resueltos en la novela cómo se da con el asesino Gómez, cómo consiguen sacarle toda la información, o cómo Benjamín conoce su verdadero destino; pero del mismo modo, siendo diferentes, están también resueltos de manera adecuada al lenguaje cinematográfico, estos mismos hechos en la película.
¿Cuántas veces se ha hablado y se seguirá haciendo -y con razón- de la dificultad de llevar a la pantalla una obra de ficción, una novela? Por supuesto. Comparten la ficción como elemento de unión pero su lenguaje es bien diverso, por más que haya novelas que se vean muy influidas por las imágenes cinematográficas, por este particular lenguaje basado en la conjunción perfecta entre la imagen y la voz. La adaptación que Sacheri y Campanella han hecho de la obra de Sacheri es un buen ejemplo del camino a seguir: son dos obras diferentes aunque tengan una misma base, una misma ficción; dos obras distintas que se leen, que se comprenden, que se disfrutan de manera independiente, por más que no he podido dejar de leer la novela de Sacheri poniendo la voz y los gestos de Ricardo Darín cada vez que aparecía Benjamín Chamorro en sus páginas.
Medardo Fraile
Permítanme comenzar esta columna con una anécdota y una confesión. Conocí a Medardo Fraile el pasado mes de mayo, en una cena organizada por nuestro común amigo José López Rueda y su mujer Adelina; amigos desde los tiempos en que dirigían en Alcalá el programa de la Universidad de Bowling Green; es decir, amigos desde hace muchos años. Fue una cena maravillosa, en que Medardo comenzó a recordar una vida que se entretejía con los de la historia de Madrid y con el ambiente cultural y literario de los años de la postguerra. Seguramente son historias conocidas por muchos pero a mí me parecieron fascinantes. Tanto que estuvo toda la noche diluviando, con esas lluvias feroces y sin límites que a veces nos sorprende mayo. Pero nosotros ni nos enteramos, así como estábamos pegados al hilo de su voz, de sus historias, de sus cuentos, de los recuerdos de Medardo Fraile, que es capaz de diseccionar la realidad con la elegancia de un cirujano experto, de esos que te hacen varias operaciones a corazón abierto sin pestañear, sin perder ni la sonrisa ni la blancura de su bata. Y aquí es pertinente mi confesión, que es la demostración de las lagunas (casi océanos) en mi cultura, en la de toda mi generación me atrevería a decir. Cuando llegué a la casa de Pepe y Adelina tan sólo conocía a Medardo Fraile de nombre lejano, como prologuista de un libro de poemas de José López Rueda publicado en Venezuela y pocas noticias más sacadas de allí y allá. A nuestra generación nos han robado una parte bien importante de nuestra historia, de nuestro pasado: la de la tercera República, a la que nunca se llegaba en los libros de textos, y la de la primera postguerra. En la literatura, después de la Generación del 27, con algunos epígonos adscritos a ellas con todo derecho como Miguel Hernández, se pasaba a la generación del cincuenta (Ángel González, Claudio Rodríguez...), y de allí a los grandes autores de los años setenta, esas obras vanguardistas... detrás sólo quedaban algunos nombres sueltos (Luis Rosales, Blas de Otero, Gabriel Celaya, Buero Vallejo...), y la sombra imponente de algunos narradores que llegaron a lo más alto, como Camilo José Cela. Y poco más. Carmen Martín Gaite o Ferlosio eran autores sin tiempo; y de Aldecoa se hablaba como de una leyenda. Poco más. Pero hubo mucha más vida. Mucha más literatura. Y de la buena, tanto en teatro como en el cuento, en poesía como en novela. Mucho más.
Medardo Fraile acaba de publicar un curioso libro que recomiendo para todos aquellos que quieran adentrarse en este momento fascinante de nuestro tiempo, y hacerlo de la mano de alguien que lo vivió, de alguien que no tiene que inventarse tramas policíacas o novelescas tan de moda en la actualidad: “El cuento de siempre acabar” (Valencia, Pretextos, 2009). Un curioso libro porque es de memorias ya que cuenta su vida desde sus primeros recuerdos hasta su viaje a Inglaterra en los años sesenta; pero al mismo tiempo, es una novela, un conjunto de cuentos, un verdadero perfil de una época a partir de los ojos de un niño, de un joven, de un hombre maduro. Medardo Fraile, que comenzó con Paso y Sastre, compañeros suyos de aula, una renovación del teatro en la primera postguerra, con un movimiento que, sin ser casualidad, se llamó “Arte nuevo”, es sin duda uno de los mejores cuentistas que ha dado la literatura española del siglo XX. Unos cuentos que son capaces de situarte en una época, en unas costumbres, en unos sentimientos y sensaciones en tan solo unos folios, con pocas palabras y mucha maestría. Cuentos que parecen ventanas abiertas a la realidad. Ventanas por las que nosotros podemos conocer los sentimientos de los otros, sus pensamientos, sus miedos y alegrías... su vida, a fin de cuentas. Si del desconocimiento del primer momento (que confieso con cierto rubor) pasé a la iluminación al leer los cuentos de Medardo en una antigua edición de Alianza Editorial, con el libro “El cuento de siempre acabar” he dado el salto al deslumbramiento. Ya que aquí, en sus más de seiscientas páginas -que se leen como una tormenta- se conjugan magistralmente el arte del escritor con la vida, con esa vida que dio sentido a su obra. ¿Es un texto de memorias o es un interminable cuento -el de nunca acabar- que tiene los recuerdos y la vida de Medardo como hilo conductor? Escuchen cómo se narra el comienzo de la guerra civil: “La tarde del 17 de julio en Madrid fue nublada y ventosa y yo, que todavía no calificaba el tiempo de alegre o triste, me fui a jugar una partida de ras a San Fermín de los Navarros con cualquiera que estuviera allí. Las puertas de la vivienda de los religiosos, a ambos lados de la iglesia, estaban cerradas. Llamé repetidas veces sin obtener respuesta y, cuando me marchaba, se abrió a medias una de ellas y el padre Antonio, un sacerdote joven, me diijo: 'Vete a casa, hijo mío, que se han sublevado los militares en África'” (p. 95). Parecen líneas sacadas de cualquier conversación, de cualquier evocación, pero no es así: en unas líneas se nos presenta el ambiente distendido el día del alzamiento por parte de un niño, la preocupación de los religiosos, el tono paternalista del más joven y ese no juzgar tan sólo informar: “se han sublevado”... nada de reconquistas, de alzamientos; nada de adelantar lo que vendría después.
Como ya he dicho, del desconocimiento pasé a la iluminación leyendo los cuentos de Medardo Fraile, y de ahí al deslumbramiento con “El cuento de siempre acabar”, que recupera una vida en uno de los períodos menos conocidos de nuestra historia; uno de los períodos más utilizados para ofrecer determinadas imágenes. Y Medardo nos devuelve la historia de España mezclada con su propia historia y con la de las páginas que lo inspiraron; una historia de sueños y de alegrías, de tropiezos y de penurias. Una historia que sigue siendo la de siempre acabar. Voces y palabras como las de Medardo Fraile son las que necesitamos para seguir conociéndonos aprendiendo en nuestro pasado. Voces que permiten recuperar nuestro pasado en primera persona, esa que os devuelve los olores, los sabores de aquella época, al margen de ideologías y de maniqueísmos.
Medardo Fraile acaba de publicar un curioso libro que recomiendo para todos aquellos que quieran adentrarse en este momento fascinante de nuestro tiempo, y hacerlo de la mano de alguien que lo vivió, de alguien que no tiene que inventarse tramas policíacas o novelescas tan de moda en la actualidad: “El cuento de siempre acabar” (Valencia, Pretextos, 2009). Un curioso libro porque es de memorias ya que cuenta su vida desde sus primeros recuerdos hasta su viaje a Inglaterra en los años sesenta; pero al mismo tiempo, es una novela, un conjunto de cuentos, un verdadero perfil de una época a partir de los ojos de un niño, de un joven, de un hombre maduro. Medardo Fraile, que comenzó con Paso y Sastre, compañeros suyos de aula, una renovación del teatro en la primera postguerra, con un movimiento que, sin ser casualidad, se llamó “Arte nuevo”, es sin duda uno de los mejores cuentistas que ha dado la literatura española del siglo XX. Unos cuentos que son capaces de situarte en una época, en unas costumbres, en unos sentimientos y sensaciones en tan solo unos folios, con pocas palabras y mucha maestría. Cuentos que parecen ventanas abiertas a la realidad. Ventanas por las que nosotros podemos conocer los sentimientos de los otros, sus pensamientos, sus miedos y alegrías... su vida, a fin de cuentas. Si del desconocimiento del primer momento (que confieso con cierto rubor) pasé a la iluminación al leer los cuentos de Medardo en una antigua edición de Alianza Editorial, con el libro “El cuento de siempre acabar” he dado el salto al deslumbramiento. Ya que aquí, en sus más de seiscientas páginas -que se leen como una tormenta- se conjugan magistralmente el arte del escritor con la vida, con esa vida que dio sentido a su obra. ¿Es un texto de memorias o es un interminable cuento -el de nunca acabar- que tiene los recuerdos y la vida de Medardo como hilo conductor? Escuchen cómo se narra el comienzo de la guerra civil: “La tarde del 17 de julio en Madrid fue nublada y ventosa y yo, que todavía no calificaba el tiempo de alegre o triste, me fui a jugar una partida de ras a San Fermín de los Navarros con cualquiera que estuviera allí. Las puertas de la vivienda de los religiosos, a ambos lados de la iglesia, estaban cerradas. Llamé repetidas veces sin obtener respuesta y, cuando me marchaba, se abrió a medias una de ellas y el padre Antonio, un sacerdote joven, me diijo: 'Vete a casa, hijo mío, que se han sublevado los militares en África'” (p. 95). Parecen líneas sacadas de cualquier conversación, de cualquier evocación, pero no es así: en unas líneas se nos presenta el ambiente distendido el día del alzamiento por parte de un niño, la preocupación de los religiosos, el tono paternalista del más joven y ese no juzgar tan sólo informar: “se han sublevado”... nada de reconquistas, de alzamientos; nada de adelantar lo que vendría después.
Como ya he dicho, del desconocimiento pasé a la iluminación leyendo los cuentos de Medardo Fraile, y de ahí al deslumbramiento con “El cuento de siempre acabar”, que recupera una vida en uno de los períodos menos conocidos de nuestra historia; uno de los períodos más utilizados para ofrecer determinadas imágenes. Y Medardo nos devuelve la historia de España mezclada con su propia historia y con la de las páginas que lo inspiraron; una historia de sueños y de alegrías, de tropiezos y de penurias. Una historia que sigue siendo la de siempre acabar. Voces y palabras como las de Medardo Fraile son las que necesitamos para seguir conociéndonos aprendiendo en nuestro pasado. Voces que permiten recuperar nuestro pasado en primera persona, esa que os devuelve los olores, los sabores de aquella época, al margen de ideologías y de maniqueísmos.
martes, 17 de noviembre de 2009
Taxistas
No hay mejor modo de tomar el pulso a una ciudad que observar a los taxistas, que dejarse llevar por ese microcosmos –y en ocasiones microclima- que es un taxi: lugar de trabajo al tiempo que lugar de ocio; lugar de silencios y de conversaciones, de filosofías y de programas de radio. Los taxistas de cada ciudad y en cada época, a pesar de sus particularidades, a pesar de sus diferencias, parecen todos cubiertos de una misma sábana de hábitos y de modos. Nada que ver los taxis de Madrid con los de Barcelona; nada que ver la limpieza y la calidad del parque de coches catalanes con los madrileños, que, a pesar de los esfuerzos de los últimos años, todavía es largo el camino que queda por reccorrer. Madrid, poco a poco, va creando un cuerpo de taxistas que serán imagen de la propia ciudad, admirada y querida por todos por su amabilidad, por su disponibilidad… los taxis de Barcelona seguramente están mejor cuidados, están más limpios, huelen siempre bien; pero también es cierto que son fríos. Nada que ver con Madrid. Hace tiempo que los taxistas de Madrid dejaron esa fama de estar copados por antiguos policías, que hacían más labores de chivatos que de espías. Hace tiempo, o quizás haya sido mi suerte, que no me topo por Madrid con taxistas que, convertidos en una nueva Belén Esteban horrorizada, comentan todas las noticias de la Cope. Quizás sólo hay sido una cuestión de suerte… y que dure por muchos años, ya que no hay nada más pesado que un taxista apóstol, un taxista que antes que conversar y hacerte el viaje más agradable (en ello le va también la propina), se convierte en un dogmatizador.
Pero si hay una ciudad en que el viaje en taxi se convierte en toda una experiencia, esa ciudad es Buenos Aires. Allí uno se olvida de todo. Entrar en un taxi porteño es, en sí, toda una aventura. Cuando voy a Buenos Aires me quedo en casa de unos amigos; casa que queda a una media hora del centro –una distancia normal en una ciudad de más de doce millones de habitantes-. Y en esa media hora los taxistas de Buenos Aires pueden desplegar todo un abanico de personalidades, de una riqueza, de una variedad que no deja de sorprender. En ocasiones uno tiene la sensación de haberse equivocado y haberse colado en una clase de filosofía, o de sociología, o de historia. ¡Lo que uno aprende en los taxis de Buenos Aires! Los hay energúmenos, como en todos los sitios, como aquel que me espetó, así a bocajarro, que en España habíamos gozado de la suerte de haber tenido una guerra civil, que es lo que estaba necesitando Argentina. No sé a dónde me dirigía, pero le pedí que me bajara en la siguiente cuadra. No tenía intención de seguir oyendo barbaridades. Entre los taxistas de Buenos Aires, intento elegir, cuando puedo, a los de mayor edad. Además de tener un conocimiento extraordinario de su ciudad, conocen hasta sus límites el alma humana. En muchos casos, son jubilados que, por mil causas, entre ellas el corralito, necesitan seguir trabajando. Muchos de ellos, sólo lo hacen en un turno –nunca por la noche-, alquilando el taxi a otra persona el resto del día. Un trayecto de media hora es una lección de “argentinidad”, porque si hay un tema que fascine a los argentinos es hablar de sí mismos, de cómo es posible que les guste tanto hablar de sí mismos sin llegar nunca a ninguna solución. Hablan de su país como si se estuviera todavía construyéndolo; y ahora se lamentan todos de cómo los presidentes (ya que todos aceptan que Cristina Fernández es sólo sombra de su marido) están destruyendo lo poco que se había construido como nación. Y en ese trayecto fascina no sólo lo que cuentan, las historias de otra Buenos Aires que hace tan solo veinte años veía a los viejos tomando mate en las aceras y los niños jugando en las avenidas, sino su forma de hacerlo, ese verbo fácil que saben estirar, que saben llenar de giros y frases ingeniosas, sacadas de uno de los mejores textos de nuestro Siglo de Oro. Con no haber conocido el Barroco, los argentinos tienen un verbo que en nada tiene que envidiar a nuestro mejor Quevedo. Los taxistas jóvenes, por lo general, se esconden detrás de la música ambiente de la radio, desgranan algún que otro tópico sobre el tiempo, el calor de la primavera de este año, la falta de limpieza de las calles, etc… las conversaciones normales de cualquier taxista en cualquier ciudad del mundo. Pero en otras ocasiones no. La otra noche, volviendo en taxi de la calle Viamonte a Lautaro, llegamos al destino casi sin intercambiar dos palabras. Alguna indicación de la ruta y algún comentario de alguien que había hecho una maniobra peligrosa. Pero al llegar al portal, antes de pagar, algo comenté sobre Silvio Rodríguez, que veníamos escuchando. Y de ahí comenzamos a hablar de libros, de educación, de cómo le gustaba leer, de cómo la lectura le había sacado de la mala vida que llevaba… y entre frases aprendidas y libros leídos con devoción, fueron pasando los minutos en el taxi. Cuando le cuento estas cosas a mis compañeros se burlan de mí, me terminó confesando. Ya sabe, sólo les gusta hablar de fútbol. Lástima. En Buenos Aires, un taxi era siempre una aventura intelectual, un espacio de aprendizaje. ¡Lástima que la crisis de la educación haya llegado también a los taxis! Sigamos disfrutando de esta universidad sobre ruedas mientas podamos, sobre todo en esta primavera porteña en que las jacarandas tiñen de morado las avenidas. Imperdible, como tantas otras cosas de Argentina.
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Azul revisitada
Escribo esta crónica viajera desde la cafetería del Gran Hotel Azul, en el corazón de la Plaza de San Martín, que en tantas ciudades argentinas es como decir el corazón de la propia población. Desde los grandes ventanales de la cafetería puedo ver el edificio del ayuntamiento, de la Municipalidad como diría por estas tierras; en frente de él, destaca el Teatro Español y la Catedral. Y en medio, la plaza que diseñara Salamone, con su estatua de San Martín alzando el sable victorioso por encima de nuestras cabezas, de las farolas, de las flores que empiezan a despuntar en esta primavera calurosa. Pero la Plaza de San Martín de Azul, la ciudad cervantina de la Argentina, aparece en estos días engalanada de banderas de colores y de unas lonas que anuncian el comienzo del Tercer Festival Cervantino en Azul, un festival que, con tan poca vida, ya se ha convertido en un referente cultural de toda la nación. Un difícil momento para el Festival y para todo el país, debido a la crisis económica y a los recortes presupuestarios, pero Festival grande, que ha ganado en actividades y público gracias al esfuerzo y el entusiasmo de todos, gracias a saber involucrar a la gente en un proyecto unitario, en que todos tienen cabida, como todos formamos parte de una comunidad, de una ciudad.
Escribo esta crónica una mañana soleada, sentado –casi diría mimado- en uno de los sillones de la cafetería del Gran Hotel Azul, esperando el coche que me devolverá a Buenos Aires, a una ciudad que por querer imitar a las europeas se ha convertido en una de las más americanas. Y mientras espero el coche, mientras me dejo querer por los rayos de la mañana, mientras tomo mi café cortado con una bollería que en boca de los anarquistas españoles se han convertido en un festín de sabores y de ingenios, me vienen a la cabeza imágenes de algunas de las actividades que he podido disfrutar del Tercer Festival Cervantino. Llegué hace unos días para participar en las Jornadas Académicas, en ese espacio abierto dentro del Festival para volver la vista a los textos cervantinos que han creado un mito universal, que ahora permite hacer vivir a Cervantes en tierras americanas. Lo que no consiguió con sus proezas militares, con sus insistencias burocráticas, con sus tejemanejes al servicio de la corona, ahora lo ha conseguido el autor complutense con su obra, con su “Quijote”, que desde el 2004 viene cabalgando de La Mancha a la Pampa. Unas Jornadas en que los textos cervantinos se han analizado desde diversos ángulos, desde sus fuentes clásicas hasta sus continuaciones entre los anarquistas mujeres, que hicieron tan suyo al ingenioso hidalgo que lo transformaron en mujer. Las Jornadas Cervantinas, que han durado dos días, han permitido reunir en Azul a los especialistas argentinos más reconocidos en la materia (Melchora Romanos, Juan Diego Vila, Alicia Parodi, Javier Roberto González, Silvia Lastra…), con algunos extranjeros, como Antonio Bernat y yo. Y junto a nosotros, toda una serie de discípulos, de lectores de la obra cervantina, de docentes que hacen de sus experiencias un punto de partida del conocimiento; tanto para nosotros como para sus alumnos. Pero las Jornadas Cervantinas, que con exquisito cuidado han organizado Margarita Ferrer y José Bendersky, han sido solo una pequeña parte del Festival Cervantino que he podido disfrutar en estos días… del espectáculo de “Mujerío”, en el Teatro Español –emocionante y emocionado corazón de España en el corazón de la Pampa-, en que las voces femeninas dieron cuerpo a tantas historias, a tantas épocas, a tantos estilos; del también magnífico espectáculo de danza de la coreógrafa Ana María Stekelman, a quien acompañé en una visita a la Casa Ronco, y con quien compartí y disfruté, una vez más -¡y uno nunca se cansa!- de lo hermosa y florecida que está la Casa de Bartolo y de Santa, de las precisas explicaciones de Eduardo, que nos permitió trasladarnos a otra época. Son tantas las historias que se sabe, tanto lo que ha terminado por hacer suya la casa, que uno tiene la sensación que, en cualquier momento, se abrirá una puerta y la propia Santa nos pedirá permiso para sentarse en su sillón, con su bastón. Pero de todo lo vivido, de ese mural con la historia de Azul que se inauguró el año pasado, debido a la genial destreza de Omar “Chirona” Gasparini, y que no conocía; de las siempre geniales interpretaciones escultóricas de Regazzoni, que me gustan cada vez más; de la muestra de Escritores azuleños en la Casa Ronco, me quedo con la tarde única que vivimos en el Desfile inaugural en la Costanera Cacique Catriel; una feliz iniciativa de los responsables de la Escuela Estética de Azul, que este año tiene por lema “Los niños movilizan los barrios de la ciudad”. Los que vivimos el desfile entenderán la imposibilidad de reducir a unas líneas las mil sensaciones que explotaron entre los asistentes: las caras sonrientes de los niños, de sus profesores; sus caras de concentración, de satisfacción de llegar al final de un proceso que ha durado meses, porque la fiesta es sólo una parte de una educación que se ha ido fraguando en las aulas en los últimos tiempos, de los debates surgidos, de todo lo que han aprendido enseñando a aprender, a dialogar; los gritos de júbilo y aplausos cuando todo había terminado, la canción final cantada a una sola voz… los colores de los cabezudos, de todos los personajes de Azul que se fueron poniendo delante de nuestros ojos… la calle tomada por el pueblo, por los niños, y tomada para compartir, para enseñar, para disfrutar y para entretener. En estos tiempos en que el individualismo es un valor positivo, en que nos encerramos entre las cuatro paredes de nuestra soledad para no ser molestados, en que las instituciones cada vez se vuelven más lejanas –y en ocasiones se convierten en molinos de viento feroces-, un desfile como el vivido en Azul el pasado domingo le devuelve a uno la esperanza en nosotros mismos, la esperanza de que en nosotros podemos encontrar la solución y el camino. Y este es el camino nuevo que ha emprendido Azul, y lo ha hecho con la hierba más fresca, la que dará sus mejores frutos en los próximos años.
Escribo desde la cafetería del Gran Hotel Azul. Aparca delante el coche que me llevará de vuelta a Buenos Aires y a España, de vuelta a una realidad que debería aprender mucho de Azul. Y me levanto. Y me despido de tantos amigos que siempre dejo aquí, renovados año a año. Y entonces me viene la imagen de la primera vez que llegué a Azul, en el 2004, para la inauguración de la exposición “De la Mancha a la Pampa”, el verdadero germen y origen de este movimiento quijotesco que ha encontrado en Azul su terreno más abonado; y no puedo dejar de sorprenderme que, en tan poco tiempo, en tan solo cinco años, se haya conseguido tanto, se haya hecho que el Festival Cervantino forme parte de Azul, y que desde el Festival –que es como decir, desde sus gentes- Azul cada vez se haya consolidado como un referente cultural argentino y mundial. No soy amigo de las predicciones, pero estoy convencido que, dentro de unos años, se harán tesis doctorales estudiando cómo Azul fue capaz de hacer de la cultura uno de los motores de su desarrollo, y cómo este motor tiene una fuerza sin límites porque nace de la comunidad y para la comunidad. La Mítica Azul tiene todavía mucho que enseñar a muchas ciudades. Mucho ganarían Guanajuato y Alcalá de Henares, otras ciudades cervantinas, si la tomaran como ejemplo.
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